Química de formación y divulgadora científica por vocación, Deborah García Bello (A Coruña, 1984) se ha convertido en una de las voces más reconocibles en redes sociales a la hora de tender puentes entre la ciencia, el arte y la cultura. A través de sus libros, publicaciones en Instagram, conferencias y colaboraciones en medios, reivindica una mirada curiosa y crítica del conocimiento científico, alejada de estereotipos y abierta a nuevas formas de aprender. En esta entrevista hablamos con ella sobre educación, pensamiento científico, creatividad y la necesidad de reivindicar que la ciencia es para todos, desmontando los típicos mitos que aseguran que ‘no es un campo para chicas’. ¡Es ideal para celebrar el Día de la Mujer y la Niña en la ciencia!
Pregunta: ¿Cuándo se dio cuenta de que la divulgación científica podría ser una herramienta clave para acercar la ciencia a la sociedad, especialmente a niñas y jóvenes?
Respuesta: Me di cuenta muy pronto de que el problema no era la falta de interés por la ciencia, sino la forma en la que se contaba, desconectada del contexto y sin un conocimiento del nivel de cultura científica de la sociedad. Nadie se ofende si le explicas algo que ya sabe, pero es frustrante leer algo y no entenderlo. Por las encuestas de percepción social de la ciencia y de cultura científica general sabemos que esto pasa con frecuencia: más de la mitad de la población reconoce que no entiende las noticias de ciencia.
Como científica empecé a divulgar por instinto: para explicar temas de actualidad con rigor, para corregir errores, matizar titulares y explicar mejor lo que realmente dicen los datos. Lo hice por un instinto de justicia y de respeto por la verdad. Sin conocimiento, no hay libertad. Sin conocimiento se pueden tomar decisiones equivocadas, aunque las intenciones sean buenas. Y no me refiero a decisiones de consumo o de salud a título individual, sino a normativas de todo tipo que afectan a toda la sociedad: medioambientales, sanitarias, industriales…
Con el tiempo me di cuenta de que la divulgación también sirve para desmontar prejuicios muy arraigados, especialmente cuando se habla de niñas y ciencia. Se repiten hasta la náusea ideas falsas —como que a las niñas no les gusta la ciencia o que no se sienten capaces— y eso acaba teniendo consecuencias. La divulgación, bien hecha, no se hace para ‘motivar’ o ‘despertar vocaciones’, sino para no intoxicar el debate y, sobre todo, para no estropearlo con mensajes equivocados o condescendientes.
P: A lo largo de su trayectoria, ¿qué barreras se ha encontrado y cuáles cree que siguen alejando a muchas niñas de las carreras científicas y tecnológicas?
R: Lo primero que hay que decir es que las niñas no están alejadas de la ciencia. Eso es falso desde hace décadas. Las mujeres tienen mejor rendimiento académico que los hombres, abandonan menos los estudios y son mayoría en las carreras científicas en general. En biología, química, medicina, veterinaria o farmacia, las mujeres rondan o superan el 60–70 % del alumnado. Las únicas excepciones claras son matemáticas y algunas ingenierías. El problema no está en la elección inicial, sino en lo que ocurre después. La precariedad, la falta de conciliación, la maternidad, los techos de cristal y la expulsión silenciosa de las mujeres de los puestos de poder son las verdaderas barreras. Insistir en que el problema está en las niñas es una forma cómoda —y bastante cobarde— de no afrontar los problemas estructurales del mundo adulto.
«El problema no es la falta de referentes femeninos, sino los estereotipos negativos que se siguen reproduciendo»
Deborah García Bello
P: ¿Qué papel puede jugar la escuela para romper las barreras y sembrar referentes? ¿Y las redes sociales?
R: La escuela debería dejar de jerarquizar las disciplinas como si unas fueran de primera y otras de segunda. Ese mensaje, que muchas veces se transmite sin decirlo explícitamente, es profundamente machista. Cuando se presenta como un ‘problema’ que haya muchas mujeres en ciencias de la salud, pero no que falten hombres en ellas, se está diciendo qué elecciones son valiosas y cuáles no.
Las redes sociales, por su parte, pueden ser útiles para divulgar ciencia, pero también amplifican simplificaciones peligrosas. El problema no es la falta de referentes femeninos, sino los estereotipos negativos que se siguen reproduciendo. La evidencia científica muestra que esos estereotipos sí afectan al rendimiento y a las elecciones; los referentes, por sí solos, no hacen milagros.
P: Como química y divulgadora, suele desmontar mitos científicos muy arraigados en la sociedad. ¿Por qué es tan importante enseñar ciencia desde el pensamiento crítico?
R: Porque sin pensamiento crítico la ciencia se convierte en propaganda. Uno de los ejemplos más claros es el mito de que las niñas “no se sienten capaces”. Esa idea se difundió a partir de una interpretación errónea de un estudio en niños y niñas de seis años, que en realidad mostraba que los niños sobreestimaban sus capacidades, no que las niñas se infravalorasen. Ese matiz se perdió, pero el titular quedó. Enseñar ciencia es enseñar a leer datos, a dudar de los titulares y a entender los límites de los estudios. Si no, acabamos usando la ciencia para reforzar prejuicios en lugar de para combatirlos.
P: ¿Qué científicas del pasado o del presente cree que deberían tener más presencia en las aulas?
R: Más que añadir nombres a una lista, creo que hay que cambiar el enfoque. No solo mostrar científicas excepcionales, sino a las científicas normales y, sobre todo, a equipos, es decir, mostrar la ciencia como una profesión normal que se ejerce generalmente en grupo. Mujeres que investigan, que enseñan, que trabajan en hospitales, laboratorios o industria. La ciencia no la hacen heroínas aisladas, la hacen personas normales. Eso también es un referente, y bastante más honesto. La ciencia no avanza solo gracias a genios aislados, sino gracias a comunidades enteras, y eso también debería reflejarse en las aulas.
P: ¿Cómo pueden el arte, la cultura y la ciencia ayudar a que más niñas se sientan identificadas con la ciencia?
R: En mi caso, la relación entre ciencia y arte no es solo un recurso divulgativo, sino un campo de investigación en sí mismo. Llevo más de una década trabajando en la intersección entre la química, la ciencia de materiales y las artes plásticas, estudiando cómo la ciencia ha sido históricamente una herramienta para el arte —a través del desarrollo de pigmentos, aglutinantes y materiales— y cómo la cultura científica es imprescindible para interpretar una obra de arte —hay una poética en los materiales: no significa lo mismo una escultura de madera que una de bronce u hormigón—. Esta relación desmonta muchos estereotipos de golpe. El primero es que la ciencia es fría, técnica o ajena a la sensibilidad. Cuando trabajas con materiales, entiendes que tanto el científico como el artista parten del mismo asombro por la materia: observar cómo se transforma, cómo reacciona, cómo envejece.
Por ello, el método científico y el método artístico no son tan distintos como se suele pensar: se plantean hipótesis, se experimenta, se falla, se vuelve a probar y, a veces, se llega a una conclusión que es conocimiento en sí mismo. Cuando los jóvenes ven la ciencia integrada en la cultura —no como algo separado, utilitario o exclusivamente tecnológico—, se amplía la idea de lo que significa ‘hacer ciencia’. La ciencia deja de parecer un territorio reservado a un cierto tipo de personalidad, y se muestra como lo que realmente es: una forma de conocimiento tan humana como el arte o la filosofía. No se trata de hacer la ciencia más amable o más bonita. Usar estas relaciones interdisciplinares para seducir a las niñas es caer en estereotipos machistas. Se trata de devolver a la ciencia su lugar dentro de la cultura y de reconocer que no hay formas de conocimiento superiores a otras.
P: Si pudiera mandarle un mensaje a una niña que siente curiosidad por la ciencia pero duda si es realmente para ella, ¿qué le diría?
R: Le diría que no hay nada que demostrar. Que no tiene que estudiar una carrera para corregir una estadística ni para romper ningún estereotipo. Que estudiar ciencia —o no hacerlo— es una elección personal, no una causa colectiva. Que estudie lo que le dé la gana. Y que desconfíe de cualquiera que le diga que tiene que elegir ‘mejor’, porque a menudo eso es un sesgo machista que significa que le están aconsejando elegir lo que escogen los chicos. Le diría que la ciencia es para ella si le gusta, si siente la necesidad de saber más ciencia, si cuanto más sabe más bonita le parece. Algo que se puede aplicar a la ciencia o a cualquier cosa. Le diría que estudie la disciplina en la que haya encontrado belleza y sentido.