El reto de la IA en educación no es enseñar a usarla, es aprender a cuestionarla

Más allá de prohibir su uso, es necesario que el alumnado desarrolle el pensamiento crítico para comprender cómo funciona y decidir cómo y cuándo utilizarla. Sobre ello reflexiona la formadora Raquel López.

EDUCACIÓN 3.0
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reto de usar IA en educación
imagen generada con IA

Ocurre casi todas las semanas. Un docente corrige un trabajo y algo no termina de encajar: el texto está bien escrito, demasiado bien; y las ideas fluyen con una seguridad que no coincide con lo que ese alumno suele mostrar en clase. Primero aparece la sospecha y, después, la misma pregunta: ¿qué hago ahora? La reacción más habitual es pensar que el problema está en el alumnado por haber utilizado inteligencia artificial para resolver una tarea. La siguiente es creer que quizá la actividad no estaba bien planteada o que habría que diseñar tareas ‘a prueba de IA’. Pero la verdadera cuestión es otra: ¿con qué criterio se está utilizando la inteligencia artificial? Porque el alumnado ya está usando estas herramientas y es necesario preguntarse quién está enseñándole a decidir cuándo confiar en una respuesta, cuándo cuestionarla y cuándo no utilizarla.

El problema no es del alumnado ni del profesorado

La inteligencia artificial forma parte del día a día de los estudiantes. De hecho, el informe EU Kids Online 2026 constata que 6 de cada 10 menores en España utilizan herramientas de IA generativa y que muchos las emplean para estudiar, resumir información o elaborar trabajos escolares. Más allá de una tendencia, se trata de la realidad en la que estamos enseñando. 

En este contexto, debemos plantearnos cómo utilizan esas herramientas: es habitual que abran una aplicación, formulen una pregunta y acepten la primera respuesta porque resulta convincente. Sin embargo, pocas veces se preguntan cómo se ha generado esa información, qué sesgos puede incorporar o hasta qué punto es fiable para el propósito que persiguen. No se trata sólo de una cuestión de competencia digital, sino de criterio; de la capacidad para comprender, cuestionar y decidir antes de aceptar una respuesta como válida. Y esto no puede recaer únicamente sobre el alumnado ni sobre un docente que intenta dar respuesta de manera aislada a una realidad que afecta a todo el centro: cuando una organización educativa no ha construido una posición compartida sobre el uso de la IA, cada profesor termina estableciendo sus propias reglas y el alumnado recibe mensajes diferentes según el aula en la que se encuentre. 

La alfabetización digital que llevamos años posponiendo

La inteligencia artificial también ha visibilizado algo que llevábamos demasiado tiempo aplazando. Durante años hemos hablado de alfabetización digital como si consistiera en aprender a utilizar herramientas pero se trata, además, de enseñar a buscar, contrastar, evaluar y decidir.  Antes un alumno tenía que encontrar la información, leer varias fuentes y valorar cuál era la más adecuada, generando una fricción que construía parte del aprendizaje. Ahora, muchas respuestas llegan ya elaboradas, estructuradas y redactadas con una enorme apariencia de autoridad y, por eso, el pensamiento crítico adquiere un nuevo significado: ya no consiste sólo en detectar información dudosa, sino en tener el criterio para cuestionar incluso aquello que parece impecable.

Una idea interesante relacionada con este tema es la que plantea el marco AILit, desarrollado por la OCDE y la Comisión Europea, al abordar la alfabetización en IA desde una perspectiva educativa (y ahora también medible). Ya no debemos aprender a utilizar estos sistemas, sino a relacionarnos con ellos: comprender cómo funcionan y reconocer que generan respuestas por probabilidad; también crear con IA sin renunciar a la autoría ni al aprendizaje propio; y decidir cuándo una herramienta aporta valor y cuándo sustituye un proceso de reflexión que el alumnado necesita recorrer por sí mismo. Además, significa entender que estos sistemas han sido diseñados por personas –con determinados datos, intereses y límites–, por lo que podemos, y debemos, cuestionarlos. Y lo más revelador es que en muchos centros solo estamos trabajando una de esas dimensiones: aprender a utilizar aplicaciones. 

reto de la IA en las aulas formación
Imagen generada con IA

¿Qué podemos hacer desde los centros educativos?

Si el alumnado se ha convertido en consumidor de respuestas, necesitamos enseñarle a ejercer el criterio. Porque la diferencia entre usar una herramienta y depender de ella no está en la tecnología, sino en la capacidad de decidir con autonomía; una decisión que sigue siendo humana.

Cuando un trabajo parece escrito por inteligencia artificial, quizá la primera respuesta no deba ser un detector: mantener una conversación y pedirle al alumno que explique el proceso que ha seguido, las decisiones que ha tomado o por qué considera fiable una determinada información suele ofrecer mucho más aprendizaje que intentar demostrar quién escribió cada frase.

También merece la pena revisar cómo evaluamos: cuando solo valoramos un producto final, resulta fácil delegarlo en una herramienta. En cambio, cuando pedimos justificar decisiones, mostrar el proceso, explicar qué fuentes se han contrastado o reflexionar sobre los errores encontrados en una respuesta de IA, el pensamiento vuelve a hacerse visible.

Pero estas medidas requieren de proyectos de centro, acuerdos compartidos y una reflexión colectiva sobre qué significa aprender en un contexto donde las respuestas están a un clic.

¿Cuál es el desafío real?

Detrás de un trabajo realizado con IA rara vez hay solo un intento de copiar: muchas veces hay inseguridad, prisa, miedo a equivocarse o la sensación de que siempre habrá una respuesta disponible al otro lado de una pantalla. Reducir esa realidad a una cuestión de fraude es simplificar un desafío que, en realidad, es educativo. Y responder únicamente desde la desconfianza significa perder una oportunidad para enseñar. 

El verdadero reto no es impedir que el alumnado utilice inteligencia artificial, sino ayudarle a desarrollar el criterio necesario para decidir cuándo una herramienta aporta valor, cuándo necesita ser cuestionada y cuándo es el momento de pensar por sí mismo.

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