Durante mucho tiempo, la vocación docente se ha entendido como una disposición casi innata: una ‘llamada interior’ que conducía a determinadas personas hacia la enseñanza. Según esta visión, quien elegía ser profesor poseía, desde el principio, unas cualidades personales, como entrega, paciencia, capacidad para comunicar y compromiso con los demás, que le permitían afrontar las exigencias de la profesión. La actual realidad educativa, sin embargo, obliga a revisar esta interpretación. La vocación continúa siendo importante, pero ya no puede entenderse como un atributo estático ni como una condición suficiente para enseñar.
Ser docente en el siglo XXI exige aprender, desaprender y reconstruirse profesionalmente de manera continua. La transformación tecnológica, la incorporación de la IA, la diversidad presente en las aulas, la atención al bienestar emocional, los cambios en los modelos familiares, la necesidad de una educación inclusiva y la aparición de nuevas formas de acceder al conocimiento han modificado profundamente el trabajo del profesorado. En este escenario, la pregunta ya no es únicamente por qué una persona decide enseñar, sino cómo consigue seguir reconociéndose como docente mientras cambia todo aquello que rodea a su profesión.
Es aquí donde conceptos procedentes del ámbito laboral, como reskilling y upskilling, adquieren un significado especialmente relevante para la educación. El primero de ellos, el reskilling, implica desarrollar capacidades nuevas para responder a funciones, contextos o responsabilidades emergentes; mientras que el segundo, el upskilling se refiere a la actualización y ampliación de las competencias que ya posee un profesional. Aplicados a la docencia, ambos procesos van más allá de aprender a utilizar una plataforma digital o incorporar una determinada metodología, porque suponen revisar la manera de enseñar, relacionarse con el alumnado, evaluar, colaborar con otros profesionales y comprender la propia responsabilidad educativa.

La vocación también se construye
La vocación no debe utilizarse para justificar la sobrecarga, la precariedad o la exigencia de una disponibilidad ilimitada; tampoco puede convertirse en una fórmula romántica que oculte la complejidad profesional de la enseñanza. Un docente vocacional no es aquel que acepta cualquier condición por amor a su trabajo, sino quien encuentra sentido en su práctica, dispone de conocimientos especializados y participa activamente en su desarrollo profesional.
Hay que tener en cuenta que la vocación puede fortalecerse, transformarse e incluso recuperarse, porque está vinculada con las experiencias del profesorado, el reconocimiento que recibe, las relaciones que establece, las oportunidades de aprendizaje y la percepción de que su trabajo tiene una repercusión real. La decisión inicial de ser docente puede responder a una motivación personal, pero la permanencia y el compromiso con la profesión también dependen de las condiciones en las que se ejerce.
El reskilling docente no consiste en acumular cursos
En ocasiones, la formación permanente se ha organizado como una suma de actividades aisladas: cursos sobre herramientas digitales, metodologías activas, evaluación competencial, convivencia o inteligencia artificial. Aunque estas iniciativas pueden resultar valiosas, no siempre generan una transformación real de la práctica, porque aprender qué aplicaciones aporta una nueva herramienta no garantiza que se modifique la concepción del aprendizaje ni que mejore la experiencia del alumnado.
El verdadero reskilling docente debe partir de las situaciones profesionales que necesitan ser comprendidas y transformadas. Por eso, requiere formación contextualizada, reflexión sobre la práctica, acompañamiento, experimentación y colaboración entre iguales. También de tiempo para que el profesorado pruebe nuevas estrategias, analice sus resultados y las adapte a su realidad.
La OCDE ha señalado que el desarrollo profesional debe acompañar al profesorado durante todas las etapas de su carrera, desde su incorporación hasta la consolidación de funciones de especialización o liderazgo. Asimismo, advierte que la formación docente debe estar conectada con las necesidades de los centros, el trabajo colaborativo y los desafíos reales de la enseñanza. No se trata, por tanto, de ofrecer formación indiscriminada, sino de construir ecosistemas de aprendizaje profesional.
Tampoco debe interpretarse el reskilling como una sustitución de las competencias tradicionales, porque la capacidad de explicar, escuchar, orientar, evaluar y crear vínculos sigue siendo esencial. Lo que cambia es el contexto en el que esas competencias se desarrollan: Un profesor necesita comprender las posibilidades y los límites de la inteligencia artificial, pero también debe ser capaz de enseñar a sus estudiantes a pensar críticamente, contrastar información y tomar decisiones éticas. Debe manejar recursos digitales, aunque sin renunciar a la conversación, la lectura profunda y la relación humana.
La tecnología no reduce la importancia del docente; al contrario, hace más visible la necesidad de contar con profesionales capaces de aportar criterio pedagógico. Cuando el acceso a la información se multiplica, la función del profesor no desaparece, se desplaza desde la simple transmisión de contenidos hacia el diseño de experiencias de aprendizaje, la mediación, el acompañamiento y la construcción de significado.
Identidad profesional para una época de incertidumbre
La identidad profesional permite integrar los procesos de actualización dentro de una narrativa coherente. Sin ella, el reskilling puede vivirse como una exigencia externa más: otra herramienta, otra reforma o una nueva obligación administrativa. Cuando existe una identidad sólida y flexible, el cambio puede interpretarse como una oportunidad para ampliar la capacidad de intervención del docente sin perder aquello que da sentido a su trabajo.
Esto significa que la formación inicial y permanente debe incorporar preguntas que no sean únicamente técnicas: ¿qué significa ser docente hoy día?, ¿qué responsabilidades estamos dispuestos a asumir?, ¿cómo influyen nuestras experiencias previas en la forma de enseñar?, ¿qué relación queremos establecer con el conocimiento y con nuestros estudiantes?, ¿qué prácticas estamos preparados para revisar?
La reflexión profesional no es un ejercicio abstracto, ya que debe ayudar a reconocer fortalezas, detectar contradicciones y tomar decisiones fundamentadas. También permite comprender que la inseguridad ante el cambio no representa necesariamente una falta de competencia. En numerosas ocasiones es la consecuencia natural de encontrarse ante una transformación que afecta a la manera en la que un profesional se percibe a sí mismo.
Por ese motivo, las instituciones educativas deben evitar presentar la innovación como una sucesión permanente de novedades. Innovar no consiste en adoptar todas las tendencias disponibles, sino en identificar qué necesita mejorar, seleccionar respuestas fundamentadas y evaluar sus efectos. La innovación educativa cobra sentido cuando está al servicio del aprendizaje, la inclusión y el desarrollo integral de las personas.
La respuesta de la Facultad de Ciencias de la Educación de UNIE
En la Facultad de Ciencias de la Educación de UNIE Universidad trabajamos desde una idea fundamental: formar docentes no consiste únicamente en transmitir conocimientos pedagógicos, sino en acompañar la construcción de una identidad profesional consciente, reflexiva y comprometida.
Esta perspectiva está presente en la formación inicial, en los grados y másteres vinculados con el ejercicio docente, y en las iniciativas de investigación, transferencia e innovación desarrolladas por la Facultad. La conexión entre teoría y práctica constituye uno de sus principales ejes. Las prácticas externas, el análisis de experiencias educativas, la investigación aplicada y el contacto con centros y profesionales permiten que el futuro docente comprenda la realidad de la profesión antes de incorporarse plenamente a ella.
Una de las líneas de trabajo impulsadas se centra precisamente en la identidad profesional docente, las competencias profesionales, la neuroeducación y los procesos de actualización que necesita el profesorado. El propósito es analizar cómo se construye la percepción de ser docente y qué factores influyen en la motivación, la permanencia, la capacidad de innovación y el compromiso con la mejora educativa.
Junto a esta labor investigadora, la Facultad promueve espacios de encuentro alrededor de la IA, la salud mental, la diversidad, el liderazgo y los modelos educativos experienciales. Estas temáticas no se plantean como compartimentos independientes. Todas ellas inciden en la manera en la que el profesorado comprende su función y responde a las necesidades del alumnado.
La Facultad entiende así el reskilling como un proceso integral: actualizar conocimientos, incorporar nuevas competencias, fortalecer la reflexión ética y desarrollar la capacidad para trabajar con otros. Esta concepción también se materializa mediante alianzas con entidades educativas, tecnológicas, científicas y sociales, porque los grandes desafíos de la educación no pueden abordarse desde instituciones aisladas.
El 9º Congreso Mundial de Educación: encontrarnos para reconstruir la profesión
Esta visión conecta directamente con el 9º Congreso Mundial de Educación EDUCA, concebido como un espacio de intercambio entre docentes, investigadores, instituciones y profesionales del sector educativo. Después de ocho ediciones y de la participación acumulada de miles de profesionales, el encuentro se ha consolidado como un foro para compartir investigaciones, experiencias y propuestas procedentes de diferentes etapas educativas. La propia organización presenta la novena edición de 2026 como la continuación de esta comunidad internacional de aprendizaje profesional.
La participación de UNIE y de su Facultad de Ciencias de la Educación en este tipo de encuentros responde a una convicción: la identidad docente también se construye cuando los profesionales salen de su espacio cotidiano, contrastan sus prácticas y descubren que otros educadores afrontan dificultades semejantes. Un congreso no debería ser únicamente un escaparate de experiencias exitosas. Debe convertirse en un lugar donde analizar errores, compartir preguntas y generar redes de colaboración.
La vocación puede ser el punto de partida, pero necesita formación, reconocimiento y comunidad para sostenerse. El reskilling aporta herramientas para afrontar escenarios emergentes. La identidad profesional, finalmente, permite integrar los cambios en una manera coherente de entender la enseñanza. Tal vez el gran reto no sea aprender a utilizar cada nueva tecnología que llegue al aula, sino conseguir que, en medio de todas las transformaciones, el profesorado pueda seguir respondiendo con claridad a una pregunta esencial: ¿qué docente quiero llegar a ser?
(Este contenido ha sido elaborado en colaboración con UNIE)











