Desde que la OCDE decidió hacer de la presentación de las pruebas PISA 2025 un evento mundial con cuenta atrás incluida, ya se intuía el maremoto que se nos venía encima. El shock estaba asegurado y, ciertamente, los resultados no admiten discusión. Lo que sí es interpretable es a qué variables se asocia la debacle y quién es el responsable en última instancia de los resultados.
Las opiniones de PISA 2025
Desde el primer día de su aparición, el informe vino acompañado de un torrente de posicionamientos públicos en redes. Internet se ha llenado de opiniones sobre educación, no solo por parte de los profesionales del sector, sino también por personas que analizan los resultados desde fuera de la institución. Todo el mundo parece tener algo que decir y, efectivamente, el tema es lo suficientemente importante como para que cada ciudadano ofrezca su punto de vista.

El problema surge cuando el discurso se simplifica y todo se reduce a una sola variable. Este claro sesgo de interpretación lleva a atribuir la causa a un grupo identitario concreto. En nuestro afán por vencer al contrario, a ese “ellos” multiforme que generan los discursos polarizados, acusamos en exclusiva de todo lo malo que sucede en las aulas a una parte del sistema. Quienes tienen responsabilidades políticas acusan a las redes sociales y a la IA, quienes trabajan en el campo de la tecnología miran para otro lado, los profesores culpan a las familias y las familias a la escuela. Luego, hay otro sector que directamente desautoriza las pruebas por considerarlas un constructo neoliberal.
El caso es que nadie —ni de un lado ni de otro— asume su parte de culpa. El problema no es que todos se equivoquen, sino al contrario, que todos tienen algo de razón. Dejadez de las familias, incapacidad del profesorado para reforzar la lectoescritura en tiempos de degradación de la competencia, influencia de las redes sociales y de la IA, exceso de metodologías que no fomentan un aprendizaje estructurado, aplicación de leyes construidas a espaldas de la realidad escolar, incapacidad para abordar la diversidad lingüística del aula… La lista es larga y cada cual escoge solo una de esas deficiencias para dirigir su ataque.
En mi centro educativo apenas se ha hablado de PISA. Parece un tema tabú o, lo que es peor, algo que no va con nosotros. Cuando entras en un aula y preguntas casi nadie sabe de lo que hablas. Solo algunos alumnos —aquellos que previsiblemente tirarían del carro en las pruebas estandarizadas— están al corriente. Ambas situaciones muestran lo difícil que va a ser revertir estos resultados: si la mayoría de familias no son conscientes del problema y el colectivo docente no parece tener una postura clara al respecto, los dos pilares que hacen que los niños y adolescentes mejoren en lectoescritura se vienen abajo.
Para muchas familias, la labor de hacer que los niños lean recae enteramente sobre la escuela y el control de pantallas no les parece preocupante porque ya pasan suficiente tiempo en el instituto sin ellas. Si preguntas a los padres seguramente descarguen la responsabilidad en los docentes, si preguntas a los docentes, posiblemente lo hagan sobre las familias. Al igual que políticos y gestores, nadie asume su parte de culpa.
Hay que analizar los datos con rigor, entender que el problema es multifactorial y, finalmente, ver qué podemos hacer nosotros como profesionales para revertir esta situación. Este artículo es una confesión: yo asumo mi responsabilidad. Ahora, todos tenemos que trabajar para salir adelante.











