La escuela mantiene buena parte de una organización pensada para una sociedad muy diferente de la actual: aulas cerradas, horarios rígidos, grupos homogéneos y un docente al frente de la clase. Para Mariano Fernández Enguita, sociólogo, catedrático emérito y profesor honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, transformar este modelo pasa por flexibilizar los espacios y los tiempos, modificar los agrupamientos y favorecer una mayor colaboración entre docentes. En este sentido, las hiperaulas y la codocencia son dos de las fórmulas que propone para adaptar la enseñanza a un alumnado cada vez más diverso.
La tecnología, y especialmente la inteligencia artificial, puede también contribuir a este cambio. Así, defiende una IA capaz de aumentar la capacidad del profesorado y acompañar a los estudiantes, aunque advierte de que su uso puede generar dependencia si se limita a proporcionar respuestas y resultados. En esta entrevista, explica cómo transformar la organización escolar, qué pueden aportar las nuevas tecnologías y por qué la escuela debe recuperar su papel como institución de vanguardia.
Pregunta: ¿Por qué sigue predominando el modelo 1x1x1 —un docente, un grupo y un aula— si las necesidades educativas han cambiado tanto?
Respuesta: Este modelo se concibió –como bien lo expuso el pedagogo, teólogo y filósofo checo Comenio en el siglo XVII– para producir escolares en serie, imitando cómo la imprenta producía los libros: aulas homogéneas, con alumnos de la misma edad sometidos a un ritmo único, con maestros clónicos (normalistas, normalizados), y programas y libros escolares únicos. Aparte de exigirles una disciplina férrea y poco humana, valía para educar poco a muchos –ni siquiera a todos– y mucho a unos pocos, porque la otra cara del plan fue, durante siglos, hacer una gran criba: nada de igualdad, equidad, diversidad ni inclusión. Pero ahora tenemos a la casi totalidad de los niños y jóvenes institucionalizados entre 10 y 15 años y a la mitad más de 20, y el sistema hace agua por todas partes, pues no se diseñó para esto.
Siempre es más fácil pedir más de lo mismo (o sea, recortar ratios) que imaginar algo nuevo: sin trabajo colaborativo, el claustro crea más fricción que solidaridad y hace difícil imaginarse trabajando codo con codo.
Mariano Fernández Enguita
El 1x1x1 se mantiene, contra viento y marea, porque es en lo que se nos ha educado a todos. Los profesores venimos de la minoría que, por lo que fuera, disfrutó lo que la mayoría sufría y porque uno de los atractivos de la profesión es para muchos la perspectiva de ser el único adulto en la sala con una gran autonomía. Por otro lado, para el colectivo como tal, y no digamos los sindicatos, siempre es más fácil pedir más de lo mismo (o sea, recortar ratios) que imaginar algo nuevo: sin trabajo colaborativo, el claustro crea más fricción que solidaridad y hace difícil imaginarse trabajando codo con codo; pero, sobre todo, porque la inmensa mayoría no ha tenido ocasión de vivir otra experiencia. Los alumnos se adaptan como pueden –si pueden– y, si no, lo intentan con medios extra como la repetición o los tutores particulares. Pero es la escuela, el aula misma, la docencia, la que tiene que adaptarse a que los estudiantes son diversos y eso exige una organización más flexible.
P: Una de sus propuestas para acabar con la ‘soledad del profesor en el aula’ son las hiperaulas. ¿En qué consisten exactamente y cómo cambia en ellas la forma de enseñar y de trabajar con los alumnos?
R: Hiperaula es sólo un nombre para un conjunto de propiedades ‘híper’ que hoy son posibles por la entidad de los centros y por las capacidades tecnológicas disponibles. Son necesarias para romper los grilletes de la insufrible aula-huevera, la artificiosa parrilla horaria, el abuso de la clase magistral/frontal y el anclaje inconsciente en tecnologías que ya ni siquiera consideramos tales; como si esas formas de organización, los cuadernos, las pizarras, los libros o las calificaciones decimales hubieran ‘caído de los árboles’.
Tenemos el hiperespacio. Un espacio no determinista, flexible, reorganizable, donde lo mismo es posible un trabajo colectivo que una lección frontal o una proyección en pequeños grupos o individual, lo que requiere superficies diáfanas y material y muebles móviles. Luego está lo que se conoce como hipermedia. Los medios pueden y deben ser ricos: lápices, cuadernos y pizarras, pero también imagen, audio y vídeo sobre un soporte digital siempre que convenga; o sea, un entorno multimedia y, gracias al software, que lo traduce todo, y a los dispositivos personales, que registran y reproducen (incluso crean) de todo, un entorno hipermedia con fácil tránsito de un medio a otro.
Le sigue la hiperrealidad. Una riqueza de representaciones y simulaciones que han sido siempre el instrumento principal de la enseñanza: ayer eran narraciones, ilustraciones, maquetas… Hoy incluyen aplicaciones, animaciones, juegos, imágenes tridimensionales, realidad ampliada o virtual…Por último, se encuentra el hiperaprendizaje. Aunque está en ‘pañales’, incluye herramientas de aprendizaje digitales que aprenden sobre el usuario y monitores virtuales inteligentes que ajustan contenidos y procesos a la zona de proximidad de este y proponen lo que mejor conviene. Está al alcance de la IA conversacional, debidamente adaptada y controlada para la escuela y securizada para alumnos y profesores.
P: ¿Qué tendría que cambiar en los horarios, los espacios y la organización de los centros para hacer posible este modelo?
R: No hay que pensar en un recetario, sino en eliminar obstáculos, enriquecer y diversificar los medios y liberar de ataduras al profesor. No hay fórmulas universales, pero sí algunos criterios generalmente aplicables. Uno, desanclar el mobiliario del suelo, si aún no lo está, y diversificarlo, pues no todos apreciamos la misma postura a todas horas y hay que permitir al docente ajustarlo a sus planes. Dos, liberarse del horario tipo parrilla televisiva, dando más autonomía a los equipos de área, grupo, curso o etapa y a los proyectos de trabajo colaborativo. Por último, optimizar un equipamiento digital coherente y sostenible, lo que no es fácil.
A continuación, la cuestión es elaborar, asumir y aplicar un buen proyecto de centro. Deberá tener en cuenta, por supuesto, los objetivos de la institución y la etapa, entre otros aspectos, pero también las características del alumnado, su entorno y las capacidades del centro y sus profesionales. A partir de ahí todo es posible: un uso diverso de los espacios, combinaciones tecnológicas varias (papel, pantalla, ambos o ni uno ni otra…), horarios flexibles de acuerdo con cada proyecto y su desarrollo, agrupamientos variados (los grupos lineales, pequeños equipos, trabajo individual) y codocencia (continuada o temporal, homogénea o interdisciplinar, de dos o más docentes…).
P: ¿Qué significa hablar de ‘inteligencia profesional aumentada’ en educación? ¿Cómo puede la tecnología ayudar al docente a hacer mejor su trabajo sin sustituir aquellas decisiones que requieren su experiencia y criterio?
R: Aumentar la inteligencia humana era el propósito inicial de la ‘mal llamada’ IA. No con fármacos, neuroimplantes ni entrenamientos esotéricos, sino sencillamente la capacidad de asumir más y más tareas auxiliares bajo control humano. Pero medios, empresas e investigadores buscando financiación vieron enseguida que lo que vendía eran las metáforas antropomórficas: cerebro electrónico, redes neuronales, inteligencia artificial… Por eso hoy los tecnooligarcas no paran de hablar de inteligencia general, ética, agentes, o de sus fugas, coaliciones, engaños y otras fantasías tras las que, al tiempo, ocultan sus errores, imprudencias, engaños…
La idea es aumentar la inteligencia del docente y del discente, no sustituirlas. Es como tener un ayudante siempre que sepas darle instrucciones precisas, evaluar ya de forma intuitiva o heurística la calidad de sus respuestas y verificar todo lo que haga falta. Pero su potencial es, sobre todo, para el alumno, como un monitor siempre disponible que le acompaña en tareas, resuelve dudas, escalona aprendizajes o detecta errores.
La idea es aumentar la inteligencia del docente y del discente, no sustituirlas.
Mariano Fernández Enguita
Esto conlleva adaptar bien el modelo, vía controles de edad, guardarraíles, post-entrenamiento con el currículo, retroalimentación humana, adición de una capa pedagógica o ingeniería de prompts. Me encantaría añadir, como parece de rigor, que un conjunto de algoritmos nunca podrá igualar a un profesor, pero no es así: en conjunto, no puede, pero en cada vez más tareas ya lo hace y lo hará. Su valor, sin embargo, no está ahí, sino en su disponibilidad permanente, en no abandonar al alumno que no sigue el estilo y el ritmo general del profesor, sino acompañarlo en todo momento con una calidad, si no óptima (tampoco los profesores lo somos), sí satisfactoria y suficiente.
P: ¿Existe el riesgo de que una escuela demasiado apoyada en la IA termine debilitando precisamente aquello que debería reforzar: la autonomía, el pensamiento crítico y la capacidad de aprender por uno mismo?
R: Por supuesto. Si pedimos a la IA que nos proporcione resultados finales (como, por ejemplo, programaciones y soluciones a problemas) nos volverá menos capaces y más dependientes. Cuando Sócrates confiaba todo al diálogo y a la memoria, llegó (o se extendió) la escritura, que le alarmó porque acabaría con uno y otra; y lo primero fue una gran pérdida, pero lo segundo no. De hecho, ahora tenemos una oportunidad de recuperar el diálogo socrático como no lo ha habido en siglos.
Por otra parte, memorizando menos se puede aprender o, al menos, descubrir más, y buscar el equilibrio es tarea de la didáctica y la pedagogía para las distintas edades, ámbitos, etc. ¿Teníamos esa autonomía, ese pensamiento crítico o esa capacidad de aprender por uno mismo? Francamente, creo que no, que teníamos sobre todo rutinas impuestas, libros de texto y lecciones orales estándar y más enseñanza que aprendizaje, es decir, una actividad siempre heterónoma. ¿Quién no ha intentado explicar un problema escolar a su hijo con la misma desconcertante respuesta?: “No, así no, tiene que ser como dice el profesor”.
P: Si pudiera cambiar tres aspectos de la escuela para adaptarla mejor a la sociedad actual, ¿cuáles cambiaría y por qué?
R: Si pudiera hacer milagros me conformaría con que el conjunto del profesorado entendiera que la actual organización escolar no es algo inmutable, sostenido por verdades eternas, sino el producto histórico de una tecnología (la imprenta) y un programa (la criba) que ya no son ni lo obvio, ni lo único, ni lo último. Me gustaría que sucediera ya, pero como no va a suceder me conformo con levantar las restricciones materiales y tecnológicas.
El segundo milagro, o casi, sería salir de la dicotomía mental entre una administración a la que se le achaca todo, sea toda la culpa o la omnipotencia para el cambio, y un profesor declarado impotente pero dueño absoluto de su grupo-aula. La alternativa es prestar más atención a las estructuras intermedias, que tienen músculo suficiente para actuar y, a la vez, están lo bastante cerca de los problemas específicos reales: ahí entran los centros, sus proyectos, sus equipos, sus direcciones, su colaboración con otros centros, así como la codocencia, los grupos más amplios y flexibles. A la administración le toca facilitarlo y sostenerlo, y al docente comprometerse con ello.
Memorizando menos se puede aprender o, al menos, descubrir más.
Mariano Fernández Enguita
Las fórmulas en que insisto (hiperaulas, codocencia, integración de la tecnología en general y la IA en particular) tienen en común el propósito de romper un corsé organizativo que se diseñó hace cuatro o cinco siglos, se expandió y universalizó en los dos últimos y quiebra por doquier.
P:¿Qué elementos de la escuela actual cree que seguirán siendo imprescindibles a medio y largo plazo?
R: A largo plazo nada va a sustituir a la escuela. Primero porque tiene una función importantísima, la custodia, el cuidado, el bienestar de nuestros hijos, de la que hablamos poco pero sólo porque la damos por sentada: queremos que los niños estén con más niños y al cuidado de adultos preparados, dedicados y responsables. De hecho, si alguien tuviera que elegir entre el cuidado y la educación para sus hijos, elegiría lo primero. Segundo, porque queremos que su educación, que no es ya cuidarlos como son sino acompañarlos y formarlos para lo que pueden ser, esté a cargo de profesionales igualmente preparados, dedicados y responsables. Todo lo demás es contingente.
Mi segundo deseo es que la institución escolar y la profesión docente vuelvan a ser lo que fueron en la transición a la sociedad moderna: puentes entre lo que somos y lo que queremos ser, una institución y una profesión de vanguardia. Lo fueron en la generalización de la lectoescritura y la modernización de las costumbres, en el paso a la sociedad urbana, industrial, letrada, nacional, etc. Ahora la transición es otra, más avanzada, omnipresente e invasiva en el exterior de la escuela y más urgente para todas las generaciones. La institución y la profesión han perdido en gran medida el paso, y es responsabilidad de todos recuperarlo.


