¿Qué ha cambiado en la educación en España? ¿Por qué tantos docentes hablan de cansancio o desgaste? Las respuestas no son simples, pero parece claro que la escuela vive una transformación profunda: en pocos años han cambiado las expectativas de las familias, la relación con la autoridad, el peso de las reclamaciones, la forma en que se interpreta el papel del profesor… También se espera una disponibilidad permanente del profesorado y de los equipos directivos; y aunque la mayoría de los docentes no cuestiona la necesaria colaboración con las familias ni la vocación de educar y enseñar, es innegable que hay un tiempo para el trabajo y otro para la vida personal.
La valiosa (y esencial) colaboración con las familias
Los padres tienen una responsabilidad insustituible en la formación de sus hijos y el colegio debe colaborar con ellos desde la confianza, la claridad de criterios y el respeto mutuo. El problema surge cuando esa colaboración se transforma en vigilancia, presión sobre las decisiones docentes o en una supervisión que debilita la confianza mutua. De hecho, determinadas situaciones aparentemente menores que antes se resolvían en el marco ordinario del colegio –un cambio de asiento en clase, una corrección por una conducta inapropiada…–, hoy pueden convertirse en una cadena de mensajes, explicaciones y peticiones de revisión que generan una enorme tensión para los docentes y el equipo directivo del centro.
Quizás nos encontramos ante un cambio cultural de gran alcance: el colegio ha dejado de percibirse únicamente como una institución educativa con autoridad pedagógica y normas propias para concebirse como un servicio sometido a una lógica de inmediatez, satisfacción y respuesta permanente. Pero esta percepción influye directamente en el desgaste del profesorado, ya que al esfuerzo propio de enseñar se suma el cansancio que produce trabajar bajo una sensación de supervisión constante y la posibilidad de que cualquier gesto se malinterprete.
Por eso es necesario alinear posturas con las familias y transmitir la idea de que educar sigue exigiendo autoridad profesional: no aquella que nace de la imposición, sino del conocimiento, el criterio y la responsabilidad pedagógica. Porque un buen docente no es quien transmite contenidos, sino quien educa y sirve de ejemplo para su alumnado, ayudándolo a crecer pero también poniendo límites razonables y acompañándolo. Y cuando desde el otro lado las decisiones se interpretan como arbitrarias, ese margen educativo se estrecha y la escuela pierde capacidad para formar de verdad.
La carga burocrática tampoco ayuda
Ante conflictos de convivencia o incidencias que antes se resolvían con mayor agilidad, hoy también es necesario redactar informes, completar anexos, seguir protocolos detallados y responder a múltiples trámites administrativos. En este contexto resulta útil recordar que más allá de las modas pedagógicas, de los cambios normativos o de las discusiones coyunturales, educar tiene que ver con ayudar a cada persona a desarrollarse integralmente: su inteligencia, su libertad, su sentido moral, su capacidad de convivir con otros…
Desde esta perspectiva, el mejor colegio será aquel que, mediante la colaboración y el acompañamiento familiar, sea capaz de armonizar exigencia académica, formación ética y atención personal, ayudando a cada estudiante a descubrir quién es, qué puede aportar y cómo orientar su vida con responsabilidad y esperanza.
(También puedes consultar nuestro artículo sobre estrategias de motivación para reducir el desgaste de tu equipo docente)
