Los modelos de liderazgo actuales defienden conceptos como la promoción por méritos, la motivación y la cultura del bienestar para retener el talento. Sin embargo, esto no se corresponde con la realidad de muchos centros educativos, que luchan a diario con un aumento del agotamiento emocional y una creciente burocracia. Aunque el liderazgo escolar es uno de los factores determinantes para construir una cultura laboral saludable que genere un compromiso real por parte del profesorado y, por extensión, mejore el rendimiento del alumnado, todavía sobreviven creencias que los equipos directivos pueden aplicar por inercia, deteriorando el clima de la institución. Estos son los cinco mitos que más perjudican a la gestión de personas en los centros educativos.
La vocación puede con todo
Históricamente se ha asumido que el compromiso vocacional del profesorado compensa cualquier carencia organizativa. Pero la realidad se ha encargado de desmontar este relato: las estadísticas indican que los profesionales de la educación presentan algunos de los índices de burnout más altos de todos los sectores laborales. Y aunque la vocación sigue siendo un motor fundamental, no sustituye una buena organización, recursos adecuados, reconocimiento profesional o una cultura saludable. Cuando la dirección convierte la entrega absoluta en una expectativa implícita, puede conducir a normalizar ciertas conductas que dinamitan el bienestar y la pasión del equipo docente.
Un buen docente no necesita reconocimiento
Otro mito habitual es creer que el profesorado trabaja únicamente por compromiso pedagógico y que el reconocimiento es secundario. Sin embargo, el Estudio Internacional de la Enseñanza y el Aprendizaje (TALIS) de la OCDE confirma que los docentes que sienten que su trabajo es reconocido muestran un mayor compromiso con el centro, menor absentismo y menos intención de marcharse.
El reconocimiento no implica únicamente felicitar; también resulta gratificante que los directores valoren públicamente su labor, compartan sus logros con las familias o impulsen proyectos que pongan en valor sus aportaciones. Cuando esto no ocurre, se corre el riesgo de provocar una renuncia silenciosa marcada por la indiferencia emocional. Y para evitarlo, es posible aplicar algunas estrategias de motivación que ayudan a reducir el desgaste del equipo docente y retener el talento.
La gestión es solo acompañar
Liderar no es únicamente observar o estar presente, sino dar directrices claras cuando es necesario y actuar como guía del resto del equipo para alinear los objetivos y el plan de centro con el desempeño de cada docente. Tampoco debe traducirse en un control vertical en el que el director toma decisiones, supervisa constantemente y concentra toda la responsabilidad: informes sobre liderazgo educativo como el publicado por la UNESCO insisten en la importancia del liderazgo distribuido y participativo para mejorar el clima escolar y la satisfacción docente. Cuando el profesorado participa en decisiones relevantes y siente autonomía profesional, aumenta su implicación y disminuye el burnout.
El alumnado siempre es lo primero
Los expertos en liderazgo educativo defienden que en la gestión directiva no siempre debe situarse a los estudiantes en primer lugar. Sin un equipo de trabajo sano no existe aprendizaje posible, y eso supone cuidar al docente sin olvidarse en ningún momento de las necesidades de los estudiantes. De hecho, estudios recientes sobre bienestar docente llevan tiempo alertando de que el clima laboral del profesorado impacta directamente en la calidad educativa, el rendimiento académico y la convivencia escolar: un docente agotado, emocionalmente saturado o desmotivado difícilmente puede ofrecer su mejor versión en el aula. Los directores que mejor gestionan personas han entendido que cuidar al profesorado no está reñido con priorizar al alumnado; se trata de la condición necesaria para hacerlo bien.
La presión mejora los resultados
Indicadores, controles, exigencias, urgencias… Uno de los errores más extendidos en gestión educativa consiste en pensar que incrementar la presión mejora automáticamente el rendimiento. Sin embargo, algunos informes advierten de que los sistemas excesivamente orientados al rendimiento y la supervisión reducen la autonomía profesional y aumentan la intención de abandono. Al igual que en otros sectores, en educación la mejora sostenida nace de la confianza, la coordinación y la claridad organizativa, pero nunca del miedo o el estrés. Si el profesorado trabaja constantemente en ‘modo supervivencia’ desaparecen habilidades como la innovación, la creatividad y la colaboración.
Hola Cristina,
Aporto una humilde opinión después de 15 años trabajando como docente en Argentina. Otro mito y quizá el más importante para comprender este asunto es el que asume que tenemos que trabajar horas extra durante el año para “compensar el mes de vacaciones”. Los docentes ganan MUY poco, por cada hora de clase trabajan planifican al menos una más y corrigen al menos dos más. Sin embargo estas horas extra son en sus casas, de noche y sin remunerar. Como además ganan poco suelen tener alumnos de apoyo escolar en sus “horas libres”. Lo que resulta en una jornada laboral inhumana: 8 horas frente al aula, apoyo escolar 2 o 3 horas más y corregir y planificar hasta pasada la medianoche. Para volver a comenzar. En mi caso, muchas veces, me levanto a las 4am para terminar de corregir.
También tenemos hijos y aspiramos a tener algo así como una vida saludable y algo de deporte.
Parte de esto se conecta con ese mito de que es una vocación. Parte es porque el sistema no reconoce el trabajo que tenemos que realizar aparte.
La realidad es que hasta que se realice no van a haber buenos docentes en el aula. NINGUN RECONOCIMIENTO compensa un sueldo digno y la posibilidad de ser como cualquier trabajador y llegar a nuestra casa sin tener que seguir trabajando por “amor al arte” ( =corrigiendo y planificando). Esas horas deberían pagarse y contemplarse en la jornada laboral porque son parte de ella.
Y las vacaciones… ningun docente tiene “3 meses”, como suelen decir. Y de cualquier manera hay muchísimos trabajos que con antigüedad el trabajador tiene la misma cantidad. La diferencia es que su jornada laboral dura mucho menos y contempla su verdadero trabajo. La nuestra no.
Hablar del desempeño docente sin hablar de su paga es no contemplar el factor más importante…
Creo que, además de lo que señala Cristina, muchas de las quejas que escucho a mis compañeros no cuestionan la colaboración con las familias ni la vocación de educar y enseñar, sí denuncian un marco de trabajo en el que debemos estar “siempre disponibles” y en el que cualquier decisión se reabre continuamente. Pongo un ejemplo concreto de hace unos días: una tutora pone una medida educativa que consistía en un cambio de asiento en el aula y una advertencia por conducta inapropiada, ya que la alumna en cuestión insultó a una compañera y cuando fue corregida gritó a la profesora. Esa misma tarde recibe mensajes de la madre y del padre de la alumna, que están divorciados y no sabe el uno de los correos del otro, pero sí coinciden ambos en pedir justificaciones inmediatas y solicitar la revisión y revocación de la decisión como si fuera un trámite de reclamación, amenazando con denunciar a la inspección “por la medida desmesurada ante un comportamiento propio de una adolescente”.
Este tipo de reclamaciones se reciben a diario, también las hay por los criterios de evaluación o por la exigencia de la uniformidad, por las calificaciones que tienen que revisarse “porque afectan a la media, mi hija ha trabajado mucho y le vas a cerrar las puertas en la universidad de la carrera que quiere estudiar”, por los modelos de examen, porque la profesora ha corregido en público a su hijo, porque le ha requisado el móvil…
La participación familiar que es tan valiosa se vuelve problemática cuando invade o fiscaliza. En muchos casos el hecho de colaborar y participar, asistir a tutorías, apoyar rutinas y coordinarse se ha convertido en controlar y supervisar a los profesores, a exigir cambios, presionar por notas, acusar sin pruebas o reclamar a deshoras a través del correo electrónico o de la plataforma de la que disponen.
Me temo que se ha producido un cambio cultural: el colegio deja de verse como institución educativa (con autoridad pedagógica y normas) y se percibe como un servicio donde el “cliente” exige resultados y respuestas inmediatas, donde el desacuerdo se gestiona como una queja de consumo.
Son hechos constatables que podría narrar con detalle cualquier profesor de cualquier etapa, porque de un modo u otro se dan desde Infantil hasta Bachillerato.
Estos datos que son vivencias concretas producen un desgaste diario. Hay muchos profesores que tienen miedo a los padres, a posibles reclamaciones ante inspección, o a grabaciones, aunque estén realizando su trabajo de manera excelente. Así, un docente evita intervenir con firmeza ante una conducta disruptiva por temor a que alguien lo grabe parcialmente, se difunda fuera de contexto y termine en una queja formal, aunque su actuación haya sido correcta.
Siempre he pedido a los profesores a los que he tenido el placer de dirigir que se sintieran educadores, que su misión no es sólo enseñar, que va mucho más allá, que les trasciende, que deja huella y que para poder hacerlo bien exige autoridad profesional -auctoritas dirían los latinos- una autoridad basada en conocimiento, criterio y responsabilidad pedagógica, pero cada día cuesta más que lo vean claro, aunque lo sientan así. Esto se debe en gran medida a que cada decisión se cuestiona como si fuera arbitraria, con lo que el docente pierde margen para educar y la escuela pierde capacidad de sostener normas y ayudar a los padres a formar a sus hijos. Recientemente en una entrevista en la que se sancionaba a un alumno por dirigir obscenidades a una compañera el padre le recriminó que hubiera dejado constancia por escrito y la madre reprochó a su hijo que veía demasiada pornografía y que estaba obsesionado. Estos padres exigieron al colegio que anularan la sanción, bajo todo tipo de amenazas, pero no podemos ceder para evitar el conflicto, los alumnos aprenderían que las normas son negociables, que todo vale y de ese modo se hace inviable la verdadera educación.
Ante un problema de convivencia de este tipo, que además se produjo fuera del centro educativo, se nos exige intervenir, se espera que el tutor lo gestione solo, hay que redactar informes y anexos, nombrar un instructor, seguir punto por punto la Normativa vigente en la comunidad autónoma, dar audiencia a los padres quienes pueden presentar alegaciones…
Hace unos meses me hicieron una entrevista en la que al preguntarme cómo veía el futuro de la educación en España y en el mundo, respondí: que en España la educación está ideologizada desde hace demasiado tiempo, que detrás de cada una de las leyes que se han venido sucediendo en nuestra democracia se esconden intereses partidistas, que no se llega al consenso sencillamente porque lo que importa no es en sí el sistema educativo, sino que los ciudadanos en proceso de formación acaben pensando de una determinada manera. El sistema educativo que han venido instaurando está condenado, como mínimo, a la mediocridad.
En el mundo también se va dando tumbos, aunque en algunos países van en direcciones más acertadas, porque retornan a lo esencial. Para mí la clave está en que centremos la educación en lo permanente en lo que consustancial al ser humano.
La última pregunta de esa misma entrevista fue que cómo se imaginaría el mejor colegio del mundo y en mi respuesta explicaba que sería un colegio que conciliara las exigencias técnicas y las demandas éticas, que ofreciera una educación comprometida con la verdad y con el bien, en el que el alumno fuera el sistema, que ayudara a cada uno a descubrir por sí mismo el sentido de su existencia y, como consecuencia de eso, se decidiera a comprometerse en su proyecto personal de vida.
En ese colegio se trabajaría con los padres para ayudarles en la formación en virtudes de sus hijos atendiendo a la singularidad de cada uno. Es imprescindible la unidad de criterios y la acción conjunta de colegio y familia para que ese compromiso de cada alumno, de cada hijo con su proyecto personal de vida pueda realizarse libre y responsablemente, para lograr el desarrollo armónico de la identidad propia.
En definitiva, un colegio que apruebe la gran asignatura pendiente: ayudar a descubrir el sentido de la vida, la misión de cada uno para que sea feliz. Un centro en el que se enseñe a «Amar», que es el para qué de esta vida.
Excelente análisis, Cristina. Coincido plenamente en que la persistencia de estos cinco mitos está pasando una factura muy alta a la salud emocional de los equipos docentes. Es imposible exigir innovación, creatividad y un cuidado genuino del alumnado cuando el profesorado trabaja en «modo supervivencia» debido a cargas organizativas obsoletas.
Para desmontar el mito de que la gestión es solo acompañar o que la presión mejora los resultados, los equipos directivos necesitan herramientas reales que transformen la cultura del centro. Hoy en día, la verdadera optimización del tiempo escolar pasa por integrar la tecnología no como una carga más, sino como un aliado estratégico. Cuando implementamos entornos virtuales de aprendizaje que automatizan el seguimiento, facilitan de forma intuitiva el control y progreso de los alumnos y reducen drásticamente la carga burocrática diaria, le estamos devolviendo al docente su recurso más valioso: el tiempo para educar.
Cuidar al profesorado significa precisamente eso: proporcionarles ecosistemas metodológicos y tecnológicos que eliminen el desgaste administrativo innecesario. Solo liberándolos de la presión de los procesos repetitivos conseguiremos que recuperen la autonomía, reduzcan el burnout y vuelvan a conectar con el reconocimiento y la pasión vocacional que los llevó a las aulas. ¡Enhorabuena por el artículo!