Seguramente ya has visto en redes sociales o incluso en televisión vídeos y noticias en las que aparecen personas que actúan como perros, gatos, lobos y otros animales. Se hacen llamar ‘therians’ y afirman sentir una conexión psicológica o espiritual con un animal y lo expresan mediante comportamientos, máscaras o movimientos inspirados en ellos. De hecho, su nombre deriva del griego ‘therion’ (bestia o animal salvaje) y ‘anthropos’ (humano).
Aunque el fenómeno no es nuevo, su difusión masiva en plataformas como TikTok ha aumentado su visibilidad y ha generado un gran debate social y, sobre todo, muchas preguntas entre familias y docentes sobre el impacto que puede tener en la infancia y la adolescencia.
Un fenómeno amplificado por las redes sociales
Y es que este fenómeno tiene un fuerte impacto entre los adolescentes, precisamente porque es a esta edad en la que muchos comienzan a hacerse preguntas sobre su identidad. “La adolescencia es una etapa en la que es normal explorar pertenencias, roles y formas de expresarse para responder a “quién soy” y “dónde encajo”. En ese contexto, la identificación therian puede funcionar como un marco simbólico que ayuda a dar sentido a cómo se siente una persona, por ejemplo, sentirse diferente o conectar emocionalmente con ciertos rasgos asociados a un animal, y también como una forma de encontrar un lenguaje para expresarlo”, explica la psicóloga María Bernardo.
Además, la popularidad de estas comunidades también puede estar vinculada a la necesidad de pertenencia y validación social. Es decir, a la necesidad de sentirse parte de un grupo. En este sentido, la psicóloga Claudia Rossy explicó en una entrevista a la agencia EFE que “muchos adolescentes empiezan viendo contenido ‘therian’, sienten curiosidad por ello y eso les hace ir investigando y entrando en este mundo. A lo mejor ven que les gusta, les da un sentimiento de identidad y van entrando poco a poco en prácticas como andar como un animal”.
Un reto educativo: empatía, identidad y prevención del acoso
¿Y qué ocurre en los centros educativos? Diversas organizaciones centradas en la infancia han advertido de que, en las aulas, las reacciones de burla o estigmatización hacia menores que se identifican como ‘therians’ pueden aumentar el riesgo de acoso escolar o ciberacoso. De hecho, UNICEF o Save the Children insisten en la importancia de generar entornos seguros donde los estudiantes puedan expresarse sin miedo a ser juzgados, especialmente en contextos donde las identidades se construyen también en el entorno digital: el profesorado debe reforzar valores como el respeto y la convivencia para evitar que las diferencias (incluidas las relacionadas con tendencias o identidades digitales) se conviertan en motivo de bullying.
Por ello, los centros se encuentran a un nuevo desafío que puede convertirse en una oportunidad pedagógica. ¿Cómo abordarlo? A través de la educación socioemocional, trabajando con los estudiantes cuestiones como la identidad, la autoestima y la gestión de emociones desde edades tempranas. Y es que, como ya señalaba el psicólogo Erik Erikson en su Teoría del Desarrollo Psicosocial, “la adolescencia es una etapa marcada por la búsqueda de identidad, en la que los jóvenes exploran distintos roles antes de consolidar quiénes son”. Esto puede ayudar a que el alumnado explore quién es sin depender exclusivamente de la validación en redes sociales.
Para Bernardo, es esencial que los docentes mantengan una escucha neutral: “deben validar que el alumno se sienta como se siente, sin entrar a reforzar la etiqueta como centro de su identidad en el aula. Es decir, acompañar sin convertirlo en un foco permanente de atención”. Y, para todo ello, conviene promover la integración social mediante actividades cooperativas y espacios seguros, para que no quede aislado por esa vivencia. En ello coincide el investigador Rafael Bisquerra, que defiende la importancia de trabajar habilidades como la autoestima, la conciencia emocional o la regulación de las emociones para que los jóvenes puedan explorar quiénes son de forma saludable, sin depender exclusivamente de la validación externa.