El consumo de alimentos ultraprocesados entre la población infantil se ha disparado un 40% en los últimos 30 años, según un estudio elaborado por la Universitat Rovira i Virgili, el IISPV y CIBEROBN. El informe —publicado en Indisa— también alerta de que más del 36% de los niños en España presenta sobrepeso u obesidad, lo que eleva el riesgo de enfermedades cardiometabólicas en edades cada vez más tempranas. Ante esta realidad, que las familias sepan leer etiquetas nutricionales es clave para que tomen conciencia de lo que comen, reconozcan ingredientes poco saludables y ayuden a los menores a desarrollar hábitos alimentarios más equilibrados desde la infancia.

A continuación explicamos de forma práctica cómo leer etiquetas nutricionales y cómo enseñar a hacerlo también a los niños y niñas. 

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Empezar con lo básico

Antes de profundizar en listados o valores numéricos, conviene comprender qué es una etiqueta nutricional y por qué existe. Se puede definir como la ‘tarjeta de presentación’ del alimento en la que se detalla cuánto se puede consumir (porción), cuánta energía aporta (calorías) y qué contiene (grasas, proteínas, hidratos…). A través de ejemplos cotidianos —como comparar dos tipos de cereales o yogures— es posible observar qué variaciones existen entre productos similares. 

Leer los ingredientes 

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Una forma efectiva de identificar si un producto es ultraprocesado es leer su lista de ingredientes. Cuanto más larga y difícil de entender, más probable es que contenga sustancias poco saludables. Para entrenar esta habilidad, puede ser útil crear una lista de palabras ‘alerta’ como jarabe, glucosa, aceite vegetal parcialmente hidrogenado o aditivos que empiecen por “E-”. Así, se refuerza la capacidad de detectar ingredientes innecesarios o poco recomendables.

Interpretar la tabla nutricional

Cuando se ha comprendido qué ingredientes conviene evitar o vigilar, el siguiente paso es valorar la tabla nutricional. Aunque puede parecer complicada, fijarse en algunos elementos clave ayuda a interpretarla mejor y a decidir si un producto es una buena opción. Es importante prestar atención a aspectos como el tamaño real de la ración, a las calorías por porción y a las cantidades de azúcar, grasa y sal (sodio). Para afianzar este aprendizaje, resulta útil usar ejemplos concretos: ¿cuántas galletas forman una ración?, ¿cuál es la diferencia entre un vaso de batido y uno de zumo?, ¿qué ocurre si se duplican las raciones?

Explicar el ‘por qué’

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Saber qué contiene un alimento está bien, pero entender por qué ciertos ingredientes afectan al cuerpo ayuda a tomar mejor decisiones. Por eso, conviene explicar a los menores, por ejemplo, cómo el exceso de azúcar puede alterar los niveles de energía o cómo las grasas saturadas afectan al sistema cardiovascular. Asociar los nutrientes con sus funciones (las proteínas ayudan a formar los músculos, la fibra mejora la digestión…) da sentido a la lectura de etiquetas y refuerza lo aprendido.

Aprender practicando

El juego y la práctica son buenas herramientas para consolidar lo aprendido. Una buena opción en ese sentido es preparar una pizza casera y comparar los ingredientes con los de una envasada, inventar cómo sería una etiqueta nutricional para un producto saludable o, incluso, convertirse en un ‘detective de ingredientes’ en la despensa, buscando palabras difíciles o poco saludables en distintos productos. Asimismo, existen juegos de mesa como los que recogemos en este artículo que ayudan a reforzar hábitos saludables mientras se pasa un buen rato en familia o en el aula.