Las taxonomías del aprendizaje son herramientas muy utilizadas para diseñar objetivos, actividades y evaluaciones en el entorno educativo. En este artículo analizamos las características de la Taxonomía de Bloom y la de Marzano, sus principales diferencias y cómo aplicarlas en el aula, con el fin de ayudarte a optimizar la práctica docente.
¿Qué es la Taxonomía de Bloom?
La Taxonomía de Bloom, creada en 1956 y revisada posteriormente, es un modelo jerárquico que clasifica las habilidades cognitivas en distintos niveles de complejidad, dividiéndolos en tres ámbitos: cognitivo, afectivo y psicomotor. Pero es del primero del que surge la tabla de la Taxonomía, que consta de seis categorías con diferentes ‘verbos’ (acciones que se pueden realizar en cada nivel) que ayudan a evaluar siguiendo una evolución de menor a mayor complejidad en función del proceso cognitivo que requiere un trabajo concreto. Sus niveles son:
- Recordar: recuperar información.
- Comprender: interpretar o explicar ideas.
- Aplicar: usar el conocimiento en situaciones nuevas.
- Analizar: descomponer información y relacionarla.
- Evaluar: emitir juicios fundamentados.
- Crear: generar ideas o productos nuevos.
¿Qué es la Taxonomía de Marzano?
La propuesta de Robert Marzano surge como una alternativa más flexible y completa, integrando no solo el pensamiento cognitivo, sino también factores emocionales y metacognitivos. Se compone de diferentes dimensiones:
- Sistema de autoconciencia (self-system): motivación, interés y creencias del estudiante.
- Sistema metacognitivo: planificación, monitoreo y evaluación del propio aprendizaje.
- Sistema cognitivo: recuperación, comprensión, análisis y utilización del conocimiento.
- Dominio del conocimiento: información, procedimientos mentales y procedimientos psicomotores.
Las diferencias entre las taxonomías de Bloom y Marzano
El enfoque del aprendizaje marca una diferencia esencial entre ambos modelos: mientras que la Taxonomía de Bloom se centra principalmente en los procesos cognitivos, la propuesta de Marzano amplía esta visión al integrar no solo aspectos cognitivos, sino también emocionales y metacognitivos, ofreciendo así una comprensión más holística del aprendizaje.
En cuanto a su estructura, Bloom plantea una organización jerárquica y lineal, donde los niveles de pensamiento se suceden de forma progresiva desde los más simples hasta los más complejos. Por el contrario, la Taxonomía de Marzano presenta un modelo dinámico y flexible, en el que las distintas dimensiones del aprendizaje interactúan entre sí sin seguir necesariamente un orden rígido.
Respecto a la profundidad del análisis, la Taxonomía de Bloom resulta especialmente útil para clasificar objetivos educativos y diseñar actividades según niveles cognitivos. Sin embargo, el modelo de Marzano va más allá al abordar no solo qué se aprende, sino también cómo y por qué se produce el aprendizaje, incorporando factores como la motivación, la autorregulación y la conciencia del propio proceso cognitivo.
Estas diferencias se reflejan también en su aplicación docente. Bloom es ampliamente utilizado para estructurar actividades, formular preguntas y diseñar evaluaciones ajustadas a distintos niveles de complejidad. En cambio, Marzano ofrece un marco más completo para desarrollar estrategias de enseñanza integrales, que consideran tanto el contenido como el proceso de aprendizaje del alumnado.

Los beneficios de las taxonomías de Bloom y Marzano
En la práctica educativa, ambas taxonomías ofrecen herramientas valiosas. Por un lado, Bloom permite diseñar preguntas que evolucionan desde la memorización hasta la creación, facilitando la planificación de progresiones de aprendizaje y evaluaciones equilibradas. Por ejemplo, en una clase de historia, el docente puede comenzar solicitando al alumnado que recuerde fechas clave, continuar con la explicación de causas de determinados acontecimientos y culminar con la elaboración de escenarios alternativos.
Por otro lado, la Taxonomía de Marzano favorece el desarrollo de experiencias educativas más completas, al incorporar elementos como la motivación, la planificación y la autorregulación. Así, antes de iniciar una actividad, se puede explorar el interés del alumnado, posteriormente guiar la planificación de la tarea (metacognición) y, finalmente, promover la aplicación del conocimiento en contextos reales.