Hay una escena que se repetirá en las próximas semanas en miles de hogares de nuestro país: adolescentes que no apartan la vista de su teléfono móvil o portátil esperando a que se hayan publicado las notas de sus exámenes de la EBAU. Será un momento cargado de emociones intensas y encontradas: desde el miedo al fracaso o la decepción hasta el alivio, la alegría e, incluso, la sorpresa de haber superado las expectativas.
Psicólogos como Patricia Ramírez han alertado que los resultados académicos pueden convertirse en una fuente de presión emocional cuando son el criterio principal de valoración del estudiante. Por eso, la pregunta que muchas familias se harán en este instante es cómo acompañar a sus hijos, del mismo modo que lo hicieron durante su preparación para esta prueba. ¿Lo esencial? Reforzar por encima de todo el esfuerzo y el trabajo realizado.
El error más habitual es responder desde la urgencia
Los especialistas en psicología educativa como Silvia Álava coinciden en que uno de los errores más frecuentes de las familias es reaccionar desde la urgencia. Preguntar inmediatamente por la carrera, abrir en ese mismo momento las notas de corte o comparar con otros estudiantes puede aumentar la presión emocional del adolescente, que aún no ha procesado los resultados. No se trata de evitar la conversación, sino entender que el primer momento no siempre es el mejor para tomar decisiones.
En esta línea, insisten en que para pensar con claridad deben recuperar su seguridad emocional, porque si la emoción es demasiado intensa la capacidad de razonar se reduce. De ahí que lo mejor sea afrontar desde la calma esas primeras horas para que el pensamiento racional se reorganice y evitar caer en el bloqueo o la frustración.
Lo que ayuda de verdad a los estudiantes
Se recomienda crear un espacio de escucha real, sin interrupciones, que les permita expresar lo que sienten sin juicios. Los psicólogos educativos argumentan que, cuando un estudiante acaba de conocer sus resultados, primero necesita sentirse comprendido antes que orientado. En este sentido, el psicólogo Alberto Soler insiste en que validar las emociones —sean de frustración, alivio o enfado— es un paso previo imprescindible antes de ofrecer cualquier tipo de consejo.
Esto implica dejar margen para que pueda expresar frustración, alivio, enfado o incluso indiferencia, sin que la familia traduzca automáticamente esas emociones en decisiones sobre su futuro. Preguntar cómo se sienten o simplemente que sepan que sus padres van a estar ahí es más útil que intentar buscar respuestas inmediatas.
Como advierte la experta en educación Catherine L’Ecuyer, el rendimiento académico no define el valor de la persona, especialmente en una etapa en la que los jóvenes están construyendo su identidad. Convertir el resultado en una etiqueta —’éxito’”’ o ‘fracaso’— puede tener un impacto emocional más profundo del que parece y condicionar la manera en que el adolescente se percibe a sí mismo.
Cuando la nota no es la esperada
Si la calificación no es la que quiere el adolescente el impacto emocional suele ser más intenso. En esos casos, puede interpretar el resultado en términos absolutos, como si definiera de forma definitiva su futuro. El psicólogo Javier Urra advierte de que los jóvenes tienden a vivir este tipo de situaciones con una mirada muy polarizada, en términos de todo o nada, lo que puede aumentar la sensación de fracaso. Frente a esa visión, cabe recordar que el sistema educativo ofrece diversos itinerarios y segundas oportunidades que permiten reconducir el camino académico.
En la misma línea, la psicóloga María Jesús Álava Reyes subraya la importancia de no convertir una nota en un juicio global sobre la persona. Existen múltiples vías formativas, itinerarios alternativos y opciones de acceso que permiten reorganizar el camino académico sin que una nota puntual lo determine todo. Y aquí el papel de la familia es clave: huir de los reproches y que entiendan que no existe un único camino posible.