Las actividades sensoriales no solo ofrecen estímulos agradables, sino que fomentan la comunicación, la autonomía y la autoestima en niños con TEA. Así lo explica el psicólogo Juan Ignacio Pruiti en un artículo publicado en la plataforma SOM Salud Mental 360, donde destaca que una estimulación sensorial bien adaptada es fundamental para favorecer el bienestar y el desarrollo integral en el espectro autista. Sin embargo, también destaca la importancia de personalizar estas actividades según los intereses y necesidades de cada menor para que el aprendizaje sea significativo y efectivo. A continuación, proponemos algunas actividades sensoriales para niños con TEA:

Juego con plastilina

Manipular plastilina es una actividad accesible con múltiples posibilidades para mantener el interés, que además ayuda a los menores a mejorar la motricidad fina, la coordinación y la fuerza en manos y dedos. Favorece la creatividad y la expresión emocional, así como la reducción de la ansiedad, al estar centrados en una tarea tranquila. Al jugar, pueden narrar historias o nombrar formas y colores, lo que refuerza también el lenguaje. Asimismo, se desarrollan habilidades sociales como el turno, el respeto del espacio del otro o la colaboración.

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Exploración de texturas variadas

Crear una caja sensorial con objetos que tengan distintas texturas — como algodón, esponjas, papel burbuja o juguetes rugosos— invita a la exploración táctil. Los menores pueden tocar, apretar o frotar estos materiales, desarrollando la sensibilidad táctil y la discriminación sensorial. Esta práctica también ayuda a regular la ansiedad y a mejorar la comunicación no verbal, debido a que se consigue expresar preferencias o rechazo. También se trabajan gestos de comunicación no verbal, como retirar la mano o mostrar interés. Puede utilizarse como parte de una rutina o para facilitar la transición entre actividades.

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Luces suaves y proyectores de colores

Como crean entornos visuales relajantes, las luces suaves o proyectores de colores contribuyen a reducir la ansiedad y a fomentar momentos de calma y concentración. Estos dispositivos ofrecen estímulos controlados como figuras suaves o cambios de color lentos que captan la atención sin provocar sobrecarga sensorial. Usarlos en rutinas diarias como antes de dormir o durante terapias puede reforzar hábitos tranquilizadores. Además, favorecen la exploración visual y el desarrollo emocional, sobre todo cuando se combinan con música suave. No obstante, es importante evitar luces parpadeantes o intensas y optar por opciones regulables en brillo y color. 

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Masajes y movimientos rítmicos

El contacto suave mediante masajes o movimientos rítmicos como balanceos y mecidos aporta beneficios tanto corporales como emocionales: reduce el cortisol, favorece la relajación y fortalece el vínculo con el cuidador, reforzando la sensación de seguridad. Aplicado con regularidad y en un entorno familiar, puede facilitar el descanso nocturno y preparar al niño para actividades estructuradas. También se ha asociado a mejoras en la autorregulación emocional y la atención. Eso sí, conviene introducirlo de forma progresiva y respetando siempre sus límites sensoriales.

Aromas naturales y sabores suaves

La estimulación olfativa y gustativa con aromas suaves o alimentos de sabores poco intensos ayuda a ampliar el repertorio sensorial y a la relajación. De hecho, algunos aceites esenciales como el vetiver o el incienso se asocian a la reducción de la ansiedad y mejora del sueño. Por su parte, la manzanilla y la lavanda están relacionadas con la calma, mientras que la menta puede estimular la atención. El uso debe ser siempre prudente: diluidos en aceites portadores o mediante difusores. Conviene evitar aromas intensos y consultar a un especialista antes de incorporarlos a la rutina diaria del menor.

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