El asombro se encuentra cada vez más disperso en la sociedad y concretamente en las personas. Sin embargo, esto no sucede en los niños, que son capaces de asombrarse con las cosas más primitivas y sencillas, pararse a observar una piedra, una hoja o un insecto el tiempo que sea necesario. Pero la educación parece que se está convirtiendo en una maratón en la que se deja al principal protagonista a un lado, otorgando al alumno el papel de un mero espectador que no aprende desde dentro sino desde fuera. 

¿Es posible recuperar la capacidad de asombro en los niños desde la educación? Rotundamente sí. La clave es transformar la visión de la educación tal y como la conocemos hoy en día.

Durante años, los niños se han convertido en espectadores y receptores de contenidos que son ‘imprimidos’ por parte de un maestro, contenido además, que muchas veces se repite año tras año. Pero, ¿alguien les ha preguntado a los niños qué áreas les interesa investigar o qué parte de ese contenido les asombra de verdad?

el asombro en la educación

Hemos transformado el papel del alumno a un agente pasivo de su propia educación, sin embargo, muchos pedagogos como María Montessori, Loris Malaguzzi o Emmi Pikler nos demuestran que el adulto debe ser solamente intermediario entre el niño y ese aprendizaje, pues el único protagonista de este proceso, el único que debería crear e ‘imprimir’ ese contenido es el alumno.

Una actividad sensorial para asombrar

Por ello, propongo transformar las aulas y los espacios de aprendizaje de los niños para lograr un aprendizaje real, donde los libros se cambian por los elementos reales que aparecen dentro de ellos. ¿Qué ocurriría si retirásemos todas las sillas y mesas de una clase y convertimos este espacio en un ambiente preparado para el aprendizaje?

Imaginémonos un día por la mañana, los niños entran a su aula y se encuentran una provocación sensorial: una especie de mandala en el suelo formada por elementos de otoño como son hojas secas, palos, frutos típicos (granadas, mandarinas…), todo envuelto en una luz tenue y que invita a la introspección. El docente no pronuncia palabra, solamente invita a los niños a jugar e investigar esos elementos que se encuentran en el ambiente como un regalo para ellos.

el asombro en la educación Infantil para un aprendizaje real

Los alumnos, con esa apreciación especial por las cosas bonitas y bellas del mundo y tremendamente asombrados, comienzan a preguntar: 

– ¿Seño, podemos tocar? 

– Claro que sí, podéis hacer lo que deseéis con todo lo que veis.

De repente, el aprendizaje comienza a germinar y brotar por todas partes. Unos niños alinean los palos de manera paralela unos con otros y comienzan a contar cuantos han seleccionado. Otros, rasgan las hojas y observan como algunas aún son de color verde, pero sus bordes comienzan a marchitarse y pueden apreciar esa fusión de colores entre lo que un día fue y ahora será el mismo elemento, pero con otra forma, textura y color.

En el espacio no se oye nada más que a unos niños cuestionándose y haciéndose miles de preguntas, el crujir de las hojas al pisarlas, el ruido de las piedras caer contra el suelo y entre tanto, alguna que otra risa de felicidad. Eso sí, se respira mucho sosiego y calma, porque aquí no hay prisa, no tenemos que terminar de colorear una hoja de otoño en una ficha rápidamente para pasar a la siguiente actividad. Tenemos el tiempo necesario para asentar el conocimiento y disfrutar de él, sin quemar el asombro y sin pisar la creatividad.

Una oportunidad de ‘parar’ dentro de las aulas

Parece sencillo aplicar esta idea a cualquier contenido a trabajar, y de hecho, lo es. Solo necesitamos cambiar el foco como maestros, poner nuestro centro en ellos y no en nosotros o en el contenido. Respirar, parar, y convertirnos en espectadores y acompañantes sigilosos de nuestros pequeños y pequeñas.

Los niños tienen y necesitan vivir esa capacidad de asombro que es propia de su naturaleza. Además, no se puede concebir el aprendizaje de otra forma, porque como bien decía Loris Malaguzzi, “sin asombro y emoción, no hay aprendizaje posible”.

Los niños no van a recordar nada que no les haya asombrado. Por el contrario, si lo han hecho, el cerebro límbico se activa despertando una curiosidad que abre toda la atención posible y los contenidos se convierten en un sinfín de posibilidades y vías de investigación imparables.

Transformar la educación y ofrecer la oportunidad dentro de las aulas de ‘parar’, analizar, cuestionar y reflexionar no solo es posible, sino que es una necesidad para mejorar la sociedad del futuro.