Autonomía y sentido crítico. Esto es lo que debe enseñar la Universidad

La Enseñanza Superior debe cambiar para preparar a los estudiantes para sus futuros trabajos. Esta es una de las ideas de Juan Morote, rector de la Universidad Europea de Madrid, que da las claves para reducir la brecha entre universidad y empresa.

La Universidad debe cambiar para las futuras los centennials

Uno de los mayores cambios que ha afrontado la Universidad española en los últimos años ha sido entender que la empleabilidad de nuestros estudiantes es su razón de ser. Es en nuestras aulas donde se forman los profesionales que deben liderar la sociedad en el futuro, y para esto es preciso que seamos capaces de reducir la brecha entre Universidad y empresa.

Las Universidades debemos concentrar esfuerzos para conseguir que desaparezca y el camino a seguir pasa por implantar un modelo académico anclado en el aprendizaje experiencial basado en casos reales. También uno conectado con la realidad profesional y desarrollado por un claustro que, en la medida de lo posible, compatibilice la actividad docente con la profesional. Y es que el reto es conseguir captar la reducida capacidad de atención de los centennials con un enfoque activo y convertir a cada estudiante en el protagonista de su propio aprendizaje.

Preparados para el mundo laboral

Las organizaciones y empresas necesitan que los nuevos perfiles se incorporen preparados para ser efectivos desde el primer momento; no hay tiempo para largas curvas de aprendizaje. Nuestro objetivo pasa por reducir, en la medida de lo posible, el tiempo que transcurre entre la incorporación al puesto y la aportación de valor a través del mismo. Por eso, es clave que adaptemos las metodologías de aprendizaje a esta nueva realidad. Pongamos el foco en favorecer la transversalidad, la colaboración, el pensamiento crítico, el emprendimiento y todas aquellas competencias y habilidades demandadas por los empleadores.

El futuro laboral de los jóvenes pasa por transformar la enseñanza en la Universidad

En la Universidad debemos esforzarnos en ser capaces de generar nuevos entornos colaborativos de aprendizaje, que se adecúen a las demandas de este siglo XXI cambiante y complejo. Y este proceso hay que abordarlo inmersos en un proceso de creciente digitalización que está generando una profunda transformación en nuestra manera de relacionarnos, trabajar o liderar. También está cambiando, por supuesto, nuestra forma de aprender, enseñar y educar. La revolución digital ha modificado todos los ámbitos de nuestra vida.

Según el informe Innovating Education and Educating for Innovation: The Power of Digital Technologies and Skills Innovation, OECD (2016), “las tecnologías digitales, aunque no pueden transformar la educación por sí mismas, tienen un enorme potencial para transformar las prácticas de enseñanza y aprendizaje y abrir nuevos horizontes”. Estoy completamente de acuerdo con esta afirmación. En esta línea debemos avanzar en la Educación Superior: la tecnología nos va a brindar nuevas herramientas que nos permitirán implementar modelos pedagógicos innovadores, facilitando la inmersión en distintas profesiones desde el primer día. Recursos didácticos como la gamificación, la integración junto a los físicos de laboratorios online y nuevos sistemas de evaluación en tiempo real, van estar presentes en nuestras aulas.

Los docentes, a la cabeza

El empleo de la tecnología tiene que ir acompañada de una apuesta por las personas, por los profesores, que son la piedra angular de todo el sistema. Sólo si somos capaces de empoderarles tecnológicamente y proporcionarles los medios para que puedan desarrollar todo su potencial, el cambio será posible. Simulación, gamificación o realidad aumentada son herramientas cuyo manejo requiere de un claustro comprometido, innovador y ávido de acompañar a sus estudiantes en el proceso de enseñanza-aprendizaje.

Los profesores son la clave para el cambio de la universidad.

Siendo clave la figura del profesor, también lo es la del estudiante, que tiene que asumir sin miedo ser el protagonista de su propio camino en la Universidad. No sólo tiene que estudiar en clase, sino que también tiene que desarrollar su ser, su capacidad de convivencia y de aprender de forma autónoma. El discente que aprende siendo y haciendo, interiorizando experiencialmente el devenir formativo y responsabilizándose de sus elecciones y sus consecuencias, es el que estará mejor preparado para afrontar un entorno laboral complejo y sujeto a un cambio constante.

Un cambio en las aulas

Casi nada va a ser como lo hemos conocido, empezando por los espacios; las aulas orientadas uniformemente hacia un punto, que anuncian una concepción pasiva del aprendizaje van a desaparecer. Los laboratorios con hileras de microscopios esperando la curiosidad de los estudiantes van a ser parte del pasado. Las aulas informáticas van a ser una reliquia, como ya lo son los servidores o los discos duros. Las aulas, al menos las que yacen en el imaginario común, dejarán paso a espacios donde sucedan simultáneamente cosas diversas. El profesor será más motivador que suministrador, y el estudiante más protagonista, más autónomo y más demandante del cómo que del qué. Modelos como el learning by doing o el Project Based Learning van a ser lo común, pasando los modelos mayoritarios actuales a ser reminiscencias del pasado.

Las instituciones de educación superior tenemos la obligación de acompasar nuestro modo de hacer con la realidad del tiempo en que lo llevamos a cabo. Debemos poner a disposición de nuestros estudiantes todas las herramientas y recursos que les ayuden en su desarrollo personal y profesional. Focalicemos nuestro afán en ser capaces de generar un impacto positivo en la sociedad a través de titulados con autonomía, sentido crítico, espíritu colaborativo y un marcado compromiso ético. Estos egresados serán los que superen con nota la prueba de la empleabilidad.

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