Sin motivación no hay aprendizaje: cuanto más motivado esté un estudiante, más implicado estará con sus tareas, más atención les prestará y más se esforzará para mejorar sus habilidades y capacidades. Es aquí donde la Pirámide de Maslow, una teoría que trata de explicar qué impulsa la conducta humana, tiene su aplicación en el entorno educativo. Elaborada por el psicólogo Abraham Maslow, divide en cinco niveles las necesidades humanas (fisiológicas, de seguridad, sociales, de estima y autorrealización), y solo se va ‘subiendo de escalón’ cuando las anteriores están cubiertas. 

Pirámide De Maslow - J. Finkelstein
Autor: J. Finkelstein

“La meta más importante para el estudiante es aprender. Este objetivo va conectado con la motivación. Si el estudiante no está motivado, el aprendizaje no tiene lugar. Y un alumno tiene la capacidad de alcanzar su potencial en el nivel más alto de la Pirámide de Maslow”, explica el investigador Ismael Ramos en el artículo ‘Maslow. Aportes de esta teoría al campo educativo’. Así se puede trasladar la teoría, escalón por escalón, al ámbito educativo:

Primer nivel: necesidades fisiológicas

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Si los estudiantes tienen hambre, no cuentan con la ropa o el abrigo suficiente y un lugar adecuado para descansar, no pueden aprender, es decir, si no cuentan con lo básico, es imposible que se propicie una situación de aprendizaje. En este escalón, además, el aula es el lugar más relevante: “es necesario un ambiente de trabajo agradable en el que todo sea una fuente de inspiración y donde los docentes sean capaces de controlar el nivel de ruido y existan los materiales necesarios”, comenta el orientador educativo Víctor Cuevas en su blog.

Segundo nivel: necesidades de seguridad

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Pirámide De Maslow

En general, los estudiantes también deberían estar y sentirse seguros en cualquier espacio del centro educativo: la cafetería, la biblioteca, los baños, el autobús y el patio de juegos. Como explica en su blog Mª Ángeles Luengo, profesora de Educación Secundaria y Bachillerato, “los centros educativos deben procurar que el alumnado trabaje en un entorno seguro”. Esto supone aprender en un ámbito libre de acosos de cualquier tipo: físico, verbal, social, psicológico, sexual… “Para ello existen programas educativos que sensibilizan sobre estos problemas y erradican cualquier tipo de violencia, prejuicios y estereotipos”, añade. 

Tercer nivel: factores sociales o de afiliación

Como cualquier adulto en el trabajo, el alumnado tiene que tener la sensación de pertenencia al grupo y sentirse arropado por amigos y compañeros. “Por ello, en el centro educativo se deben favorecer actividades conjuntas y de equipo que propicien la interrelación, la socialización, el compañerismo, etc.”, apunta Luengo. Se trata, en palabras de Cuevas, de hacer que “los alumnos se sientan parte de su grupo y de su centro escolar. Cuanto más identificados estén con el centro, mayor motivación tendrán”. Que realicen actividades grupales tendentes a crear cohesión es importante, ya que “tener amigos tiene mucho peso en su desarrollo psicosocial”, añade el psicólogo Javier Álvarez.

Cuarto nivel: factores de estima o reconocimiento

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“No es hacer la pelota; es darles confianza y reconocer su esfuerzo, su trabajo, su constancia…”, afirma Álvarez. De hecho, reforzar positivamente al alumnado repercute directamente en un mejor aprendizaje. En este sentido, también se debe tener en cuenta la personalización de la enseñanza: “al que tiene más dificultades se le ayuda con programas de refuerzo y, al que tiene altas capacidades, con programas de ampliación. En general, a todos se les reconoce el esfuerzo en las distintas competencias que van alcanzando a lo largo de su vida educativa”, detalla Luengo. 

Quinto nivel: autorrealización 

Supone el logro efectivo de las aspiraciones o los objetivos vitales de una persona por sí misma, y la satisfacción y orgullo que siente por ello. Esta etapa se corresponde así con la capacidad de aplicar lo que se ha aprendido y cumplir los objetivos personales de cada alumno. “Concursos, actividades fuera del centro, actuaciones de fin de curso, trabajos en el aula... El centro debe ayudar a que el alumnado ponga de relieve sus conocimientos, sus aficiones y sus intereses. Permitir que afiance su espíritu emprendedor, que desarrolle su creatividad, imaginación, sensibilidad artística y literaria, su criterio estético…”, completa Luengo.