Javier Palazón Hace poco un buen amigo docente me contaba que su hija de 13 años está estresada y bastante desmotivada porque las notas no terminan de acompañar su enorme esfuerzo académico. A la cantidad desmesurada de deberes a los que tiene que hacer frente a diario se une el hecho de que es una niña que necesita su tiempo para hacer las tareas, incluso para terminar un examen, con la consiguiente penalización académica que esto le acarrea.
No creo que se trate de un caso aislado, sino que lamentablemente hay cada vez más estudiantes que, a pesar de su corta edad, conocen ya los sinsabores del estrés y la falta de motivación: dos males ya endémicos de la sociedad en la que vivimos y que comienzan a echar raíces en el sistema educativo.

Educación sin estrés

Escuchar que una estudiante tan joven está pasando por una situación así me produce una honda tristeza. No quiero entrar aquí en el debate sobre la idoneidad de los deberes, pero sí abrir una reflexión sobre la necesidad de replantear todos aquellos hábitos que puedan conducir a situaciones como estas. ¿Es realmente necesario acabar el temario caiga quien caiga a costa de llevar al alumnado con la lengua fuera todo el año? ¿No será mejor que los estudiantes desarrollen las competencias básicas que les corresponden por su edad de una forma distendida y motivadora que hacerlo mediante un auténtico atracón de ejercicios y actividades fuera y dentro del aula? ¿Tiene sentido que carguemos a nuestros hijos con todo tipo de actividades extraescolares que muchas veces sólo sirven para reducir a meramente anecdótico el tiempo que tienen para jugar y divertirse?
En el mundo en el que vivimos, expuestos a miles de estímulos por minuto procedentes de las nuevas tecnologías y redes sociales, es más necesario que nunca echar el freno, dedicar más tiempo a la reflexión y propiciar una educación calmada en la que el alumnado disfrute del placer de aprender y pueda satisfacer su curiosidad y su motivación innata.
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