En la película Her (2013), un hombre solitario se enamora de un sistema de inteligencia artificial que parece entenderlo mejor que nadie. Aquella historia de ciencia ficción, que entonces parecía lejana, hoy resuena con fuerza entre muchos adolescentes: cada vez son más los que recurren a chatbots para desahogarse, pedir consejo o hablar de lo que no se atreven a contar a sus amigos o familias.

De hecho, según el estudio ‘El impacto digital en la adolescencia’, elaborado por Empantallados y GAD3, uno de cada tres menores entre 14 y 17 años reconoce haber acudido a una IA para tratar temas personales o tomar decisiones importantes. Pero, ¿por qué prefieren hablar de sus problemas con una máquina antes que con sus amigos o familias?, ¿cuáles son los riesgos de esta práctica?

Las causas

Para los expertos, detrás de este fenómeno hay sobre todo una búsqueda de escucha sin juicios. Y lo constatan datos como los del informe de FAD Juventud sobre hábitos familiares y tiempo de conversación: cada vez hay menos diálogo presencial entre padres e hijos, y las pantallas dominan muchos de los momentos compartidos. Y cuando los adolescentes hablan con sus padres, la conversación suele centrarse en temas logísticos —horarios, tareas, obligaciones— y no en emociones o preocupaciones personales.

Tampoco buscan en muchos casos el apoyo que necesitan en la escuela o en sus amigos. El Estudio HBSC España 2021-2022 señala que entre un 20 y 25% de los adolescentes no hablaría con sus compañeros sobre problemas emocionales profundos, ya sea por miedo al juicio, presión del grupo o sensación de incomprensión. Además, muchas de sus conversaciones ocurren en redes sociales o chats, donde predominan los mensajes rápidos y el entretenimiento, lo que limita la posibilidad de recibir apoyo real. En el entorno escolar la situación es similar: más de la mitad de los que sufren un malestar emocional no busca ayuda en docentes u orientadores, como constata un estudio de Unicef centrado en los centros educativos.

Y frente a un escenario en el que los adolescentes a veces sienten que no son escuchados o no confían en compartir lo que sienten, la IA está siempre disponible, responde al instante y lo hace sin emitir juicios aparentes. Según los expertos, el verdadero problema surge cuando este tipo de interacción empieza a sustituir las relaciones humanas y la comunicación cara a cara.

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Los riesgos

Así, incluso teniendo en cuenta que usar una IA para desahogarse puede aliviar la ansiedad o la soledad cuando alguien teme molestar o ser juzgado por otros, los psicólogos advierten de que esta sensación es engañosa: cuanto más se recurre a la máquina, menos se practica la comunicación real con otras personas. “Cuando un joven habla con una IA deja de ejercitar la empatía, la atención al lenguaje no verbal y la capacidad de negociar; habilidades fundamentales que se aprenden en la relación con otros” alerta el psicólogo Arnan Castelló en su web.

Para Castelló, la evitación relacional es uno de los principales riesgos de sustituir las conversaciones auténticas, y los adolescentes dejan de enfrentarse a desacuerdos o conflictos y pierden práctica en cómo resolverlos. El experto también señala que se produce un empobrecimiento afectivo, ya que la tecnología no enseña a leer emociones ni a responder con empatía. “Al interactuar con un interlocutor que devuelve frases programadas, se pierde la riqueza de la relación humana, hecha de silencios, malentendidos y matices”, explica. Además, esta dinámica puede generar dependencia digital, convirtiéndose en un ‘refugio exprés’ ante cualquier malestar, sin que los jóvenes aprendan a pedir ayuda ni a compartir lo que sienten.

Ante esta situación, los especialistas coinciden en que prohibir la tecnología no es la solución. En su lugar, hay que enseñar a usarla con criterio y equilibrarla con la vida real. En la familia, expone Castelló, significa recuperar la escucha auténtica, dedicar tiempo sin pantallas o hacer preguntas abiertas. Y en la escuela, implica combinar educación emocional con alfabetización digital, enseñando a usarla con límites y a reconocer cuándo reemplaza un vínculo humano.