Quizá algunos puedan pensar que escuchar o tocar música es solo un pasatiempo, pero la ciencia ha constatado que sus posibilidades van mucho más allá: también impacta en el desarrollo cognitivo y en la inteligencia emocional del alumnado. De hecho, según un estudio publicado en el repositorio de artículos científicos PMC, los estudiantes de entre 3 y 12 años que participan activamente en actividades musicales muestran mejoras notables en la atención, la memoria y la resolución de problemas, al mismo tiempo que desarrollan habilidades sociales más sólidas. Además, las investigaciones académicas publicadas en la Revista Internacional de Educación Musical indican que gracias a la interacción con ritmos, sonidos y dinámicas musicales desde edades tempranas también se potencia la coordinación motriz y la destreza manual, además de reforzar la comprensión emocional y la empatía. 

Ahora bien, estos beneficios no aparecen por sí solos. Para aprovechar el potencial educativo de la música es necesario tener en cuenta tres aspectos: trabajar la escucha de forma consciente, seleccionar los instrumentos más adecuados a cada edad y observar cómo responde el alumnado en su desarrollo cognitivo y emocional.

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Trabajar la escucha de forma consciente

Para enseñar a los estudiantes a desarrollar una escucha consciente y así aprovechar los beneficios de la música resulta imprescindible que aprendan a prestar atención a los distintos elementos de una pieza: el ritmo, la melodía, los instrumentos… Por eso, los expertos sugieren que este aprendizaje se trabaje en sesiones específicas de educación musical mediante actividades guiadas como cantar o tararear fragmentos, identificar instrumentos o reconocer patrones rítmicos. 

Una vez adquiridas estas habilidades básicas, la música también se puede integrar en otras asignaturas no para enseñar contenidos musicales, sino para reforzar otros aprendizajes, por ejemplo marcando con palmas los compases mientras aprenden a leer o utilizando canciones para mejorar el vocabulario. Asimismo, se recomienda reproducir distintos géneros musicales para que el alumnado describa emociones o compare sonidos, fortaleciendo así la observación y la expresión oral.

Seleccionar los instrumentos más adecuados

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Elegir el instrumento más adecuado según la edad y la destreza del alumnado también es clave para que la experiencia musical sea motivadora y efectiva. En edades tempranas, los expertos recomiendan instrumentos fáciles de manipular que no requieran una coordinación avanzada, como es el caso de los teclados pequeños, la percusión ligera o los xilófonos. A medida que los estudiantes desarrollan mayor destreza manual, se pueden incorporar otros instrumentos que requieren más técnica y precisión: el violín, la guitarra, la flauta, la batería…

Observar cómo responde el alumnado

Para evaluar cómo la música influye en el desarrollo del alumnado, los docentes pueden fijarse en varias señales. Entre ellas, si se detecta una mayor concentración durante las clases, si hay mejoras en la memoria secuencial, más capacidad para identificar ritmos y melodías complejas o un aumento en la participación en actividades grupales. También observan avances en la expresión emocional y la creatividad, por ejemplo, cuando los estudiantes describen con mayor detalle lo que sienten al escuchar una pieza. Estas manifestaciones, señaladas en los estudios, funcionan como indicadores de cómo la música potencia tanto las habilidades cognitivas como las socioemocionales de los estudiantes.