Para este nuevo año tengo un propósito claro: no quiero pasar gran parte de mi día mirando el móvil. No porque la tecnología sea mala en sí misma —al contrario, forma parte de mi trabajo, de mis relaciones y de mi ocio—, sino porque cada vez soy más consciente de cómo el uso excesivo de pantallas afecta a mi concentración, a mi descanso y a la forma en que me relaciono con los demás. 

Esta situación afecta a muchas personas y hogares; también a los niños. De hecho, organismos como la Organización Mundial de la Salud (OMS) llevan años alertando sobre los efectos del uso excesivo de pantallas en la infancia, y recomienda que los niños de entre 2 y 5 años no superen una hora diaria de exposición y que, en edades posteriores, el uso no interfiera con el sueño, la actividad física ni las relaciones sociales. 

¿Qué podemos hacer en nuestros propios hogares para limitar el tiempo que adultos y niños dedicamos a las pantallas?

limitar el tiempo en pantalla

Limitar el tiempo de pantalla

Una de las primeras medidas que he tomado ha sido reducir el uso del móvil en momentos clave del día. Las comidas son siempre sin pantallas (a excepción de la televisión si estoy sola). 

También evito usarlo a primera hora de la mañana: no quiero comenzar el día mirando el teléfono en lugar de aprovechar esas primeras horas de actividad para tomarme el día con calma haciendo algo de deporte, desayunando tranquilamente o, incluso, leyendo un poco. 

Una hora antes de acostarme he dejado de mirarlo. De hecho, lo he configurado en modo ‘Descanso’ y ‘No molestar’ para que las apps queden ‘capadas’ y no caiga en la tentación de utilizarlas. Así puedo aprovechar ese rato antes de dormir para relajarme. Al principio cuesta, pero con el tiempo se convierte en rutina. Además, el teléfono no entra en el dormitorio por la noche y lo cargo en el salón. Esta medida, respaldada por estudios de higiene del sueño, ha mejorado notablemente mi descanso: la luz azul y la estimulación constante retrasan la conciliación del sueño y reducen su calidad, según señalan investigaciones publicadas en revistas como ‘Sleep Medicine Reviews’.

Buscar alternativas que llenen el tiempo (y la cabeza)

Algo esencial que me ha quedado claro en este proceso es que limitar pantallas no funciona si no hay alternativas atractivas para evitar su uso. Aquí he aprendido mucho de enfoques como la metodología Montessori, que promueve la actividad consciente. En mi día a día esto se traduce en leer en papel, cocinar recetas sin prisas, practicar jardinería, coser, ir al gimnasio sin el móvil o, simplemente, salir a caminar sin auriculares. Son actividades que a priori pueden parecer simples, pero que si se hacen de forma consciente y presente ayudan a estar en calma y a no tener ganas de mirar el teléfono. 

Además, la ciencia también respalda estas medidas: la actividad física regular y las tareas manuales reducen el estrés, mejoran el estado de ánimo y favorecen la atención sostenida. La OMS y otros organismos de salud pública insisten en que el sedentarismo asociado al abuso de pantallas es uno de los grandes riesgos para la salud física y mental en todas las edades.

No demonizar la tecnología, sino usarla con sentido

Otro tema clave es comprender que limitar el tiempo de pantalla no significa rechazarla. Algunas aplicaciones, contenidos educativos o herramientas digitales son útiles y enriquecedoras si se usan con intención. El objetivo, al menos para mí, no es eliminar el móvil, sino evitar que sea el centro de mi vida. Así, con pequeños cambios y con ganas y actitud he conseguido algo importante: sentir que la tecnología está a mi servicio, y no al revés.