Tanto la investigación como la práctica educativa reconocen de forma cada vez más evidente el relevante papel del equipo directivo de los centros escolares. Por una parte, se precisa un liderazgo capaz de implicar a la comunidad educativa con un compromiso auténtico hacia metas comunes; y, por otra, garantizar que el alumnado responda a los retos personales, sociales y profesionales de una sociedad compleja y en constante cambio. Para la docente y pedagoga Nélida Zaitegi de Miguel no se trata solo de que el alumnado apruebe exámenes, sino de que piense, sienta y actúe para transformar el mundo: hoy más que nunca, la escuela debe ser un espacio donde se aprende a ser, convivir, crear y transformar. De ello hablará en SIMO EDUCACIÓN 2025 en la conferencia ‘La dirección de los centros educativos: nuevos retos’.

Pregunta: ¿Qué cree que es lo que la sociedad demanda a los estudiantes de hoy? ¿Y a la comunidad educativa?

Respuesta: Más que de demandas explícitas, hay que hablar de necesidades del alumnado actual para responder a los retos personales, sociales y profesionales que se plantean en una sociedad compleja y en constante cambio como la nuestra. La educación ha de promover que todo el alumnado desarrolle las competencias necesarias para tener una vida plena y digna de ser vivida; capacidades, actitudes y compromisos que van mucho más allá del conocimiento académico tradicional.

Así, en primer lugar, cada persona tiene que aprender a gestionarse a sí misma. Hablamos de autonomía y autorregulación, autoconocimiento y habilidades socioemocionales (autoestima, empatía, comunicación, resiliencia, saber organizarse, tomar decisiones...). Y también de relacionarse positivamente con los demás de manera positiva, respetuosa, cuidadora y solidaria. Otra necesidad fundamental sería la capacidad de pensar por sí mismos, lo que exige aprender a pensar y, por lo tanto, enseñar a pensar y hacerlo de manera lógica y crítica, promoviendo la autonomía intelectual. Sin olvidar aprender a aprender. Este es uno de los aprendizajes más importantes y necesarios porque van a necesitar seguir aprendiendo a lo largo de toda la vida. Por eso, no se trata solo de que el alumnado apruebe exámenes, sino de que piensen, sientan y actúen para transformar el mundo.

Hoy más que nunca, la escuela debe ser un espacio donde se aprende a ser, convivir, crear y transformar.

Nélida Zaitegi

P: ¿Qué estrategias o decisiones considera clave para que un centro educativo se adapte a los cambios educativos, sociales y tecnológicos y mejore su práctica de manera eficaz?

R: Los cambios se producen cada vez con mayor rapidez. Por eso, es necesario conocerlos e ir adaptando la vida del centro a ellos, haciéndolo con rigor, sin perder el rumbo y situando en el centro el bienestar del alumnado, así como su desarrollo personal, social y académico. La transformación real ocurre cuando hay sentido compartido y compromiso colectivo; de ahí que se requiera una visión común por parte de la comunidad educativa y, para ello, sea necesario repensar colectivamente el para qué de la educación hoy, de modo que sirva de guía frente al cambio constante. El liderazgo de la dirección —tanto pedagógico como distribuido—, así como la función del profesorado, son dos claves fundamentales. Y hay que facilitar su tarea, acompañar y apoyar los procesos de cambio mediante formación continua y trabajo colaborativo entre iguales.

También se debe responder a cuestiones como la integración de la tecnología, no como un fin en sí misma, sino como herramienta para potenciar el aprendizaje. Hay que perder el miedo al cambio, facilitando proyectos interdisciplinares y trabajo colaborativo, teniendo en cuenta que innovar no es hacer cosas raras, sino aplicar lo que funcione mejor. Todo ello considerando la participación de las familias y del alumnado y fomentando una cultura de evaluación de las prácticas y procesos para aprender de los errores y celebrar los éxitos.

P: ¿Qué cualidades debe tener un líder escolar para responder a estas demandas y, al mismo tiempo, atender al bienestar de su alumnado y profesorado?

R: Un líder es alguien que implica a la comunidad educativa en un proyecto de futuro capaz de ilusionar. Una persona que saca lo mejor de quienes le rodean, que les hace crecer. Así, el liderazgo no es organizar, gestionar o mandar; es mucho más. Es la capacidad de influir sobre otras personas, alcanzar consenso y movilizar la organización en torno a metas comunes. En la práctica, significa enfocarse en el aprendizaje y promover un diálogo que cree las condiciones necesarias para alcanzar resultados. La confianza, la empatía y el acompañamiento generarán un compromiso auténtico.

Esto exige promover la cooperación y cohesión entre el profesorado, un sentido del trabajo bien hecho, desarrollar comprensiones y visiones de lo que se quiere conseguir. No se trata de lograr ‘líderes heroicos’ con cualidades y competencias excepcionales, sino personas que creen en los que hacen, lideran, comparten y distribuyen el liderazgo porque nadie lidera solo una transformación. Ahora sí, cuando esto está claro, es el momento de rediseñar la organización y gestionarla para que haga posible todo lo anterior, porque el liderazgo y la gestión no son incompatibles, sino complementarios.

P: ¿Qué competencias y valores deberían situarse en el centro de la formación del alumnado?

R: El filósofo y escritor Ignacio Ellacuría decía que era necesario promover la formación de personas críticas y creativas, conscientes del mundo que les rodea y con las herramientas para construir una sociedad más justa, solidaria y sostenible. En este sentido, a menudo las familias se preguntan si todo esto prepara para el trabajo; por eso, es importante recordar que la empleabilidad está muy vinculada a las denominadas competencias blandas: aquellas capacidades personales y sociales que no dependen de los conocimientos técnicos, pero que resultan fundamentales en el ámbito laboral y social.

Así, para lograr una vida plena y digna de ser vivida, es im­prescindible que estos aprendizajes tengan una presencia ex­plícita en los currículos educativos y que sean visibles en la vida cotidiana a través del modelaje social. Se requieren, en definitiva, modelos que inspiren y promuevan aprendizajes tan importantes como el autocuidado y el cuidado mutuo, los hábitos saludables, la educación emocional y afectivo­ sexual, aprender a pensar, el desarrollo del pensamiento crí­tico, la creatividad, la ética y la filosofía, la expresión artística y la lúdica, el cuidado de la naturaleza y la participación acti­va. Aquí tengo que hacer una parada para referirme a la ética del cuidado como un nuevo paradigma, es decir, una nueva manera de entender y ordenar el mundo centrado en las personas y su bienestar.

Enseñar y aprender a cuidarse, a cuidar a quienes nos rodean y nuestro entorno social y natural es todo un reto transformador que se tendría que implementar en los centros desde Infantil.

Nélida Zaitegi

P: ¿Es necesario diseñar estrategias específicas para que los estudiantes aprendan a relacionarse de manera respetuosa y sepan manejar los conflictos?

R: Por supuesto. Cuando los modelos sociales son escasos y la violencia está presente constantemente, se necesita hacer una reflexión seria y tratar de contrarrestarla viviendo, al menos en el centro educativo, una experiencia de cuidado, respeto y relaciones positivas. De ahí que sea esencial contar con estrategias institucionales que no se basen solo en castigos, sino en reflexión, reparación y aprendizaje que promueva el desarrollo ético.

Lo ideal es identificar y compartir las claves que favorecen el bienestar y el desarrollo moral del alumnado, de modo que se conviertan en una guía para todo lo que ocurre en el centro. La convivencia no surge de manera espontánea: se enseña y se aprende cada día. Los conflictos son parte de la vida y aprender a gestionarlos de forma adecuada constituye un aprendizaje esencial y muy valioso. En definitiva, se trata de analizar lo que hay detrás de cada situación y dar con las respuestas más oportunas en cada caso. En este sentido, los círculos de diálogo y restaurativos son muy útiles en momentos de conflicto o tensión grupal ya que favorecen que 

los estudiantes se expresen, escuchen y construyan acuerdos. En todo esto también influye el modelaje del profesorado, ya que el alumnado aprende de lo que nos ve hacer, no de lo que decimos que hay que hacer.

P: ¿Qué ocurre cuando un centro no prioriza la convivencia positiva entre el alumnado?

R: Suelo decir que no hacer es ya una manera de hacer, porque se puede educar por acción o por omisión. Cuando un centro educativo no prioriza la convivencia positiva, se generan múltiples consecuencias negativas que afectan tanto el clima escolar como los procesos de enseñanza y aprendizaje. 

Los conflictos constantes mal gestionados, el mal clima y la falta de respeto dificultan la concentración y el aprendizaje. Se reproducen conductas agresivas, exclusión y discriminación. Las situaciones conflictivas se agravan y se vuelven crónicas. Sin un espacio de convivencia, los estudiantes internalizan y reproducen formas de relación basadas en la agresión, la indiferencia o la desconfianza, reproduciendo modelos sociales negativos. Se pierde el sentido de pertenencia y colaboración. En el caso del profesorado, supone un desgaste importante que genera frustración y malestar.

P: ¿De qué manera influye el clima escolar en los resultados académicos?

R: Un buen clima escolar no garantiza automáticamente buenos resultados, pero un mal clima sí garantiza los malos. La investigación insiste en que el ambiente del centro influye profundamente en los aprendizajes del alumnado, porque cuando los vínculos son sanos desarrollan mayor motivación intrínseca, compromiso y deseo de superarse. Mantener altas expectativas, en un clima donde se espera mucho de cada alumno o alumna y, al mismo tiempo, se les brinda apoyo emocional, favorece la autorregulación, la resiliencia y el esfuerzo sostenido.

La neurociencia demuestra que el cerebro aprende mejor en entornos emocionalmente seguros, ya que las emociones modulan la atención, la motivación y la memoria. En el caso del profesorado, la relación con los colegas y con la dirección resulta clave para fortalecer el sentido de pertenencia. Del mismo modo, un buen clima institucional favorece el trabajo en equipo, el intercambio de prácticas y el apoyo mutuo.

P: En este sentido, ¿qué señales o alertas relacionadas con la convivencia, el clima escolar y el bienestar del alumnado y profesorado debería tener siempre presente un directivo escolar?

R: Una de las tareas del liderazgo es prestar atención al pulso emocional del centro, es decir, estar pendiente de las señales que reflejan el estado de la convivencia, el clima escolar y el bienestar de toda la comunidad educativa: alumnado, profesorado, familias y personal no docente.

En el caso del profesorado, deben encenderse las alarmas cuando se acumulan quejas sobre el comportamiento del alumnado, sanciones o partes de conducta, así como cuando aparecen síntomas de cansancio extremo, desinterés o una implicación mínima.

Respecto al alumnado, es fundamental observar conductas como agresiones verbales, físicas o simbólicas —ya sea entre estudiantes o hacia el profesorado—, gritos, amenazas o faltas de respeto frecuentes en la interacción. También hay que atender a las situaciones reiteradas de acoso o ciberacoso, junto con la desmotivación generalizada, el ausentismo y la falta o pérdida de sentido de pertenencia.

P: Para cerrar, ¿qué iniciativas o prácticas pueden impulsar que el alumnado desarrolle responsabilidad sobre sus actos y aprenda a cuidarse a sí mismo, a los demás y a su entorno?

R: Cada centro es un mundo y no existen recetas universales. Sin embargo, hay iniciativas concretas y prácticas educativas efectivas que ayudan a fomentar una cultura de cuidado y responsabilidad.

Por ejemplo: dedicar un tiempo semanal de tutoría como espacio de reflexión, comunicación, cuidado y construcción de identidad grupal; co-crear acuerdos de convivencia con el alumnado, al igual que normas que aumenten la responsabilidad al no ser impuestas; organizar asambleas escolares o de aula donde se analice lo que funciona y lo que no, y se propongan mejoras para estar bien y aprender mejor; desarrollar actividades que fomenten la autoestima, la empatía, la regulación emocional y la toma de decisiones éticas; o implementar proyectos de aprendizaje-servicio, donde el alumnado identifica una necesidad social real, investiga, propone y ejecuta acciones para dar respuesta.