Eduardo Alarcón, el español que enseña robótica y programación a los estudiantes chinos

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De la muñeca izquierda de Eduardo Alarcón (Madrid, 1984) sobresale un reloj de diseño futurista con la placa base al aire, mientras teclea en su portátil en la cafetería de un centro comercial de Shanghái, frente al majestuoso Templo de Jing’an –“de la Paz y de la Tranquilidad”, literalmente—, un templo budista del siglo III, reconstruido y reubicado varias veces y que durante la Revolución Cultural china fue convertido en fábrica de plástico.

Eduardo Alarcón explica que ha elegido el sitio “por la luz natural”. Toma un café expreso. En la otra mano luce una alianza de casado. A su esposa le pidió matrimonio con un robot y con él comenzó esta aventura. Es el fundador de TokyLabs, una startup que acerca a los estudiantes chinos tecnologías complejas a través de divertidos aparatos. Dice que se apoya en una cifra: “El 30% de los fracasos escolares son por falta de motivación.” Durante la entrevista, presenta sus productos con el entusiasmo de un padre primerizo y la locuacidad de un mago.

¿Cómo acaba un español en China enseñando a inventar?

Empecé mi aventura con la robótica en la Universidad. Hacía Telecomunicaciones pero no sabía lo que quería estudiar, iba de oyente a otras carreras, así descubrí la robótica y lo hice paralelamente como hobby. Después trabajé en la Universidad, la UPC, como personal docente investigador mientras hacía el doctorado y en un momento mi mujer y yo decidimos que queríamos marcharnos y venir a China. Para esto, habíamos estudiado chino un añito. Ella encontró trabajo antes de venir pero yo no, así que la llegada para mí fue bastante difícil, por el desconocimiento de la cultura, porque no hablaba chino con fluidez y porque en una ciudad tan grande no haces nada sin lo que llaman “guanxi “, la red de contactos.

Así que los primeros seis meses lo pasé bastante mal, mandé currículums y nadie me respondió. Ya dudaba de mí. Mientras tanto, iba al hackerspace, entonces era un simple miembro, ahora lo gestiono. Iba para tomarme café y enviar correos, pero había tantas herramientas, personas inteligentes y conversaciones variopintas a mi alrededor, que empecé a hacer robots como hobby. Los robots gustaron y empezaron a llamarme. Siempre he tenido una parte de emprendedor. De hecho, para pedirle matrimonio a mi mujer hice un robot de pedida.

¿Le pediste matrimonio a tu mujer con un robot?

Sí, era un robot chiquitito, hecho a mano, parecido al “cortocircuito”, de la película. El robot la perseguía por la casa, tenía un LED en el corazón que empezaba a bombear y un altavoz en el que sonaba la marcha nupcial: tatatara… hasta que ella le daba unos toquecitos en la cabeza, como de reciprocidad y él se ponía contentísimo, le daba el anillo con una manita y empezaba a cantar la canción de Mario Bross. Tuve un pedido de 500 pero no hice más porque mi mujer me mata. Lo hice con un objetivo y se cumplió. Considero que soy bastante generador, habrá más cosas.

Y del robot de pedida, ¿cómo llegaste hasta el TokyLab?

Había estado en la Universidad trabajando seis años, así que siempre he estado relacionado con el mundo académico. Hice el Bachillerato de Salud, muy diferente a mi mundo de Ingeniería, y he tenido que redirigirme y analizar qué quiero hacer en la vida constantemente. Todavía no lo sé, pero esos componentes y mi pasión por la robótica, hicieron que quisiera hacer esto. Como te decía, primero mis robots gustaron y empezaron a contratarme para eventos, para hacer talleres. Somos socios del Mobile World Congress, que tienen lugar aquí –Shanghái—, en Los Ángeles y en Barcelona, a parte, hemos trabajado con empresas como Phillips o Coca Cola, haciendo talleres para el ‘Family Day’ (El día en Familia). Después, monté mi propia ‘startup’, que se llama TokyLabs.

¿En qué consiste TokyLabs?

Lo que hacemos con TokyLabs es ayudar a escuelas, empresas e instituciones educativas a usar tecnologías que parecen complicadas a digerirlas. Para ello hemos producido y diseñado productos como este reloj inteligente que montas y programas tú mismo, el ‘Tokywatch’, que se compone de un “Arduino” com placa base. Un Arduino es la comunidad de software open-source –de código abierto— más grande del mundo. Como lo programas tú, puedes hacer cualquier cosa. La gracia es que te permite aprender electrónica y programación pero, además, en cinco minutos te da un feedback positivo. Yo siempre digo que me apoyo en una cifra para crear TokyLabs: el 30% de los fracasos escolares son por falta de motivación.

¿Cómo crees que se motiva a un estudiante?

Hay una cosa que llevo testeando un año y es que cuando crean un invento, alucinan; sonríen todos, pequeños y mayores. Se dicen: yo no sabía que podía y empiezan a investigar. Eso les da motivación, confianza en sí mismos y les ayuda a descubrir lo que les gusta.

En la web decís: conviértete en inventor en 5 minutos. ¿Se puede?

Este, en concreto, requiere de un mínimo de una hora para poder ensamblarlo, aprender a volcar códigos que coges de nuestra web y entender cómo funciona la mecánica de programar pero el proceso de aprendizaje del código en sí tarda un poco más. Depende de hasta donde uno quiere profundizar. Ahora bien, en uno año y medio que llevamos con esto hemos sacado una conclusión y es que existe la necesidad de aprender cosas y hacer los inventos todavía en  menos tiempo y eso son cinco minutos. Para eso estamos desarrollando el ‘Tokymaker’, que es un producto que saldrá el año que viene. Es esto que ves aquí –muestra una placa— se programa a través de Internet con un sistema de programación de bloques, nadie puede cometer errores en la programación, no hay sintaxis, es solo un puzle, con piezas fáciles de conectar.

Dices que a tus estudiantes sobre todo les interesa poder tocar lo que inventan…

Sí, les interesa que, nada más haber empezado un curso, ya hayan conseguido algo que puedan fotografiar pero les cuesta todavía valorar las habilidades blandas que son design thinking –pensamiento de diseño para analizar algo— o capacidad para gestionar proyectos porque no se pueden demostrar. Cuando hago actividades mixtas, por ejemplo, hay dos partes, la primera es montar un robot y luego utilizar el robot y buscar soluciones para la vida. Bueno, pues los padres, al principio, están muy interesados hasta el punto que casi no dejan al chaval montar al robot, pero luego, en la segunda parte, pasan, piensan que simplemente estamos siendo majos dedicando un tiempo con ellos a jugar, no sé dan cuenta de la importancia.

¿Cómo son tus estudiantes? ¿Llegan con sus propias ideas de inventos?

Los jóvenes chinos están muy dirigidos, están muy presionados por la familia y por la sociedad para que destaquen, son personas muy ocupadas, no tienen fines de semana, porque incluso hay clases opcionales en el colegio para sumar puntos, a las que no tienes por qué ir pero a las que van todos. Hablo a nivel general, pero también hay muy buenos estudiantes y son fáciles de tratar, educados y muchos muy válidos y con muchas ganas de aprender.

¿Te imaginas el Tokymaker en colegios españoles?

Me encantaría pero entiendo que es un reto por el presupuesto. Incorporar el software es bastante fácil porque el coste es muy reducido, pero el hardware cuesta, es material. Una vez en Barcelona me dijeron una frase que se me quedó grabada: “Tú me preguntas sobre cuándo dinero tienen para invertir en hardware y ellos a lo mejor están pensando en las becas comedor”.

¿Por qué lo de Toky?

Por mi primer perro, que se llamaba Toky. Era muy grande y yo un niño muy pequeñito. Me subía a él y era como un caballo, me llevaba a todos lados y yo tenía una sensación increíble. Con el paso del tiempo, ya en la Universidad, cuando me aficionaba a la robótica, quise hacer una especie de plataforma sobre la que me montase y la llamé Toky.

¿Crees que es fácil montar una startup en Shanghái? ¿Lo recomendarías?

Si empiezo por el final: que si lo recomendaría, sí, muchísimo. ¿Es fácil? No, en absoluto, es muy duro. Pero por supuesto que recomendaría a las empresas venir, pero sin managers, con emprendedores. La sociedad china y el dinamismo de estas ciudades, en concreto, requiere que seas capaz de cambiar, de amoldarte, de soportar fracasos, etc., por eso, tienes que tener un componente de emprendedor y ser paciente, aunque parezca que hay una fiebre del oro, que la hay, todo tiene su tiempo y su tempo. Uno no puedes venir y besar el santo, hay unos trámites culturales que hay que aprender.

Tú que enseñas a inventar, ¿cuál es tú invento del que estás más orgulloso? ¿Tu robot del matrimonio?

Si lo tengo medir por resultados, sí, porque funcionó (risas). Pero creo que el Tokymaker es una conclusión de todo lo que he hecho en estos años.

¿Algún invento que no te haya funcionado?

Muchos.

¿El peor?

Bueno, el reloj es la sexta versión, es decir ha habido cinco versiones que no han funcionado.

He visto un vídeo en el que hacéis inventos con hámsteres.

Sí, traemos becarios europeos de Universidad a pasar tres meses a trabajar y hacer proyectos: en esta última edición les hemos dado una caja de hámster y tienen que utilizar el Tokymaker para hacerles la vida más fácil. Por ejemplo, si el hámster tiene que perder un poco de peso, lo que hacen es que solo se abra la puerta donde está la comida cada vez que da vueltas a la rueda de correr. Analizan cuál es el problema, la posible solución y buscan los elementos que van a utilizar y lo programan. Tenemos acuerdos con Universidades y muchos nos contactan a través de Linkedin para venir.

Por cierto, ¿cómo respondió ella?

¿Mi esposa?

Sí, al robot.

Se puso a llorar.

 

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